“Cuando el campo es la ciudad: haciendo antropología en la metrópolis” Comentario del texto

28Mar09
Marcha campesina (Carlos Miguel Pürzel Hönhn)

Marcha campesina (Carlos Miguel Pürzel Hönhn)

Por Vladimir Velázquez Moreira (vladivelmo@hotmail.com)

Introducción

Este trabajo pretende expresar y comentar el artículo “Cuando el campo es la ciudad: haciendo antropología en la metrópolis”, escrito por José Guillherme C. Magnani, y publicado en un libro de 1996, que reúne a varios otros artículos referidos a la antropología urbana (1). El mismo Magnani fue uno de los organizadores de dicha publicación (2).

El presente trabajo fue realizado en el marco de la materia “Antropología Urbana”, dictada por el profesor Dominique Demelenne, en el marco de la Maestría de Antropología Social de la Universidad Católica.

La composición del texto sigue – en general  – a la composición del artículo de Magnani. Buscando reproducir la “idea central” de su planteamiento, se adicionan comentarios o enlaces personales, que son útiles para el entendimiento (cuanto menos para el sujeto responsable del trabajo), y para señalar pistas para indagaciones en Paraguay.

El artículo de Magnani puede dividirse en dos partes:

– Una introducción que contextualiza a la Antropología Urbana
– La presentación de dos investigaciones concretas de su autoría

La contextualización sobre la Antropología Urbana gira en torno al debate ya clásico, hoy en día, acerca del “desplazamiento del objeto”, con las implicancias metodológicas que comporta. La impronta de origen de la Antropología es poderosa. Nacida y desarrollada con el estudio de pueblos llamados primitivos, el cambio de objeto ha generado una reflexión que, a mi modo de ver, ha redituado positivamente a las ciencias sociales.

La segunda parte del artículo desarrolla resumidamente la metodología y los hallazgos de dos investigaciones concatenadas que el autor protagonizó.

Ambas investigaciones resultan útiles para la emergente Antropología Urbana en Paraguay, pues, además de ser fuente posible de comparación, sugieren una estrategia metodológica interesante, consonante con la especificidad urbana, y tributaria de los marcos teóricos antropológicos.

Leyendo al autor, imaginaba la realización de una investigación similar en Paraguay. Una que corresponda a la “Antropología de la ciudad”, antes que a la “Antropología en la ciudad”, pues los estudios existentes en Paraguay, desde las ciencias sociales, tienen que ver más con la segunda, que con la primera. O sea, aquí aún falta incursionar en investigaciones que asuman la relación dialéctica entre espacio y práctica social.

Lo que genera el adjetivo urbano: A modo de contextualización

¿Si el asunto es la ciudad, tan próxima y conocida, por qué, justamente, la antropología? Esta es la pregunta con la que autor inicia su artículo y se introduce a la antropología urbana. Hay, parece ser, un pasaje obligado a la antropología a secas, antes de ingresar a la ciudad.

La proximidad y el conocimiento vivencial que despiertan la ciudad (se entiende que el antropólogo es citadino), contrastan con las características del objeto clásico de la antropología: distante y exótico. Esta pregunta habilita consideraciones sobre el objeto y la metodología, ambas cuestiones relacionadas.

Si bien el origen de la Antropología está marcado por la explicación de la diversidad de la “especie humana”, bajo el paradigma explicativo del evolucionismo, con el tiempo ha logrado construir otros paradigmas, sin desterrar totalmente al anterior, ayudando a dejar de asociar lo diferente a lo atrasado. Pero también fueron las circunstancias las que gradualmente, primero, aceleradamente, después, la desvincularon de su objeto clásico: los pueblos (llamados por mucho tiempo) primitivos.

Magnani cita dos grandes motivos de la “pérdida de objeto”. La extinción de pueblos indígenas, por un lado, y el rechazo a ser “objeto de estudio”, por parte de los mismos, por el otro. Estos dos hechos marcaron una tendencia que ya se observaba hace décadas, y que motivó en antropólogos  la reflexión sobre el objeto, quienes predecían que éste cambiaría. Magnani le cita a Lévi-Strauss, quien expresó que “en cuanto las maneras de ser o actuar de ciertos hombres fueren problemas para otros hombres, habrá lugar para una reflexión sobre esas diferencias que, de forma siempre renovada, continuarán a ser el dominio de la antropología”.

Nosotros podemos complementar citándole a E.E Evans-Prithard, quien en 1950 escribió, confiado por que los estudiantes de su tiempo ya se inscribían en la formación humanística, y no de la ciencia natural, que “siendo así, espero que en el futuro habrá una vuelta hacia las disciplinas humanísticas, especialmente hacia la historia, y particularmente hacia la historia social, la historia de las instituciones, de las culturas y de las ideas. En este cambio de orientación, la antropología social conservará su individualidad porque tiene sus propios problemas especiales, sus técnicas y tradiciones. Aunque continuará durante algún tiempo dedicando preferentemente su atención a las sociedades primitivas, creo que durante la segunda mitad del siglo concederá más atención que en el pasado a las culturas más complejas y especialmente a las civilizaciones del Lejano y Cercano Oriente, y llegará a ser, en un sentido muy general, la contrapartida de los estudios orientalistas en tanto en cuanto han sido concebidos principalmente hasta el momento como lingüísticos o literarios, lo que equivale a decir que extenderá su campo de estudio a las culturas y sociedades, pasadas y presentes, de todos los pueblos no europeos del mundo” (3).

La incursión de la antropología a las sociedades complejas hizo que Geertz expresara la célebre frase, citada por Magnani en su artículo, “ahora somos todos nativos”. Es así que se empieza a hablar de la “otredad cercana”, invirtiendo el orden del ejercicio epistemológico. Si antes el objeto era distante (físicamente hablando) y extraño, ahora se requería hacer un ejercicio de distanciamiento de un objeto cercano (físicamente hablando) y familiar. Pero, si de epistemología se trata, una u otra situación no puede garantizar cientificidad. Es durante todo el proceso de la investigación que tal atributo se realiza.

Así como las ciencias sociales, entre ellas la antropología, tomaron como modelo de ciencia a las naturales, no deja de ser interesante cómo aquella – en su versión clásica – se convirtió en referente para el estudio de las sociedades urbanas. El concepto de “tribus urbanas”, hoy popularizado, es una analogía con las tribus de las sociedades primitivas.

Hay, sin embargo, y eso nos recuerda Magnani, otra arista desarrollada ampliamente por la antropología: el significado de los comportamientos. La relación histórica con lo extraño hizo que consolidará el interés y desarrollara destrezas para comprender la subjetividad de la otredad. Las perspectivas etic y emic, distinguiendo la mirada del observador externo y la del nativo, están relacionadas con esto.

Sin embargo, la incursión a la ciudad por parte de la antropología urbana, enfrenta también dificultades metodológicas prácticas. El trabajo de campo, metodología por antonomasia de esta disciplina, no tiene la misma posibilidad de alcance que en sociedades objetivamente más pequeñas. Magnani, al respecto, evoca la imagen clásica descrita por Evans-Prichard referida al trabajo de campo: “de la puerta de mi barraca, podía ver lo que sucedía en el campamento o en la aldea , y todo el tiempo era gastado en la compañía de los Nuer”.

Ante las consideraciones anteriores, se pregunta Magnani, ¿pueden los antropólogos, con los  conceptos e instrumentos de investigación forjados en el estudio de los entonces llamados pueblos “primitivos” dar cuenta de la complejidad que caracteriza a las sociedades contemporáneas? ¿Cómo establecer las mediaciones entre el trabajo de campo – particularizado, minucioso, atento para cada detalle – e instancias interpretativas más amplias? ¿Podrán superar los antropólogos, la tentación del “patrón aldea”, articular la singularidad de su objeto con otras variables de la vida urbana, principalmente en las grandes y superpobladas metrópolis?

Veamos primero las respuestas de Magnani a sus propias preguntas. Él afirma que es difícil sino imposible desconocer la impronta del origen de la Antropología,  como ventaja o desventaja, y que su destreza no está tanto en el abordaje de lo exótico, sino en de la diversidad de “experiencias humanas”. La antropología esta sensiblemente preparada para dar cuenta de la presencia del “otro”, sea en el campo o en la ciudad, aventajada de elementos epistemológicos y metodológicos para  abordarla, lo que significa una prevención y una vigilancia permanentes respecto a miradas pre-juiciosas.

Advierte, a la vez, Magnani “no desconocer las especificidades de las sociedades modernas/nacionales”, las cuales presentan otra escala y otros grados de complejidad. La ciudad, por ejemplo, es la forma de implantación espacial predominante de estas sociedades -, principalmente en la versión metrópolis, que alberga, concentra y multiplica toda esa complejidad, que no era la forma de asentamiento de los “pueblos primitivos”. En el abordaje de la ciudad – el autor escribía este ensayo a mediados de los 90 – la antropología ha incursionado recientemente y tiene poca sistematización.

Y si de antecedentes se trata, los autores clásicos de las ciencias sociales aparecen como los iniciales, quienes escribieron a la luz del contexto de la transformación de la ciudad medieval debido a la revolución industrial en Europa. Tonnies, con su planetamiento de “comunidad vs sociedad”, Durkheim con el de “solidaridad mecánica” vs solidaridad orgánica”, Simmel con la oposición entre el tipo metropolitano vs habitante de la pequeña ciudad; y, finalmente, Weber quien construyó el marco de las racionalidades que rigen la acción social, con arreglo a valores, a la tradición y a fines.

El antecedente más cercano, desarrollado cuando la Antropología avanzaba en el estudio de los pueblos no occidentales, constituye la “Escuela de Chicago”, entre cuyos autores deben destacarse a W.I. Thomas, R.E. Park, E. Burgess y R. MacKenzie. El contexto de esta Escuela es el crecimiento acelerado de la ciudad debido a la inmigración. Magnani destaca en sus investigaciones la presencia del binomio comunidad vs sociedad, por un lado, y a la ecología, como punto de referencia, por el otro. “Se trata –explica nuestro autor – de explicar la dinámica urbana a través de conceptos como dominación, invasión, sucesión, dominancia y otros – diferentes formas que adquiere la competencia por espacio, recursos, control político – que delimitan las áreas naturales, produciendo las diferentes zonas concéntricas de la ciudad. Aquí comunidad es entendida como el resultado de relaciones simbióticas, al paso que sociedad depende de la comunicación entre sus miembros que comparen actitudes, sentimientos, ideas comunes”.

Magnani observa que la Escuela de Chicago se caracteriza por el abordaje de temas específicos (delincuencia, prostitución, criminalidad), desde una clave de “patología social”, desarrollando a la vez “etnografías” sumamente interesantes, aunque sea “más por temas y métodos que por la orientación teórica”.

El lugar de enunciación del autor le hace indagar acerca de los antecedentes en Brasil, donde la Escuela de Chicago logró una influencia importante, pero a diferencia de ella, fueron ciudades pequeñas del interior las que inicialmente se convirtieron en objeto de estudio, sin que haya una identidad disciplinaria específica, pues en aquel entonces (años 50), el marco teórico-metodológico era el mismo. Abundaban los estudios desde el punto de vista del folklore.

Magnani señala que hasta los años 70, la Antropología Brasileña se focalizó en el estudio de pueblos primitivos. Y es a partir de esa década – cuando también se encontraba más institucionalizada y con mayor prestigio – que empieza a mirar los centros urbanos. Un hecho interesante que favoreció la difusión de la antropología constituye la emergencia en la escena pública, en cuanto actores políticos, de los grupos estudiados por la antropología brasileña (indígenas, negros, habitantes de “favelas”).

Una conjunción política, académica e institucional abrió espacio para estudios de carácter antropológico sobre la realidad de los grandes centros urbanos, incursión que se vio fortalecida debido a las limitaciones de ciertas categorías – dominantes en aquel entonces: conciencia de clase, etc. –  para dar cuenta de la dinámica que se procesaba en el cotidiano urbano. Había preguntas que esperaban respuestas: quiénes son, donde viven, en qué creen, cómo pasan su tiempo libre… esos grupos que habitaban e irrumpían en la ciudad.

Los temas y los objetos centrales pasaron a ser los siguientes: habitantes de la periferia (de Sao Paulo, específicamente), estrategias de sobreviviencia en la metrópolis, religiones populares urbanas, comunidades eclesiales de base, cultura y fiestas populares, formas de placer y entretenimiento, movimiento feminista, negro, homosexual, representaciones políticas y participación en asociaciones de barrio, estrategias populares de salud.

 

El proyecto de investigación: la noción de “pedazo”

Hecha esta introducción sobre Antropología Urbana, Magnani presenta su investigación (que fue su tesis doctoral, realizada en 1982) referente al placer y la lógica del “pedaco”. Éste termino traducido al castellano sería pedazo. El sentido que le da el autor es el de un espacio social, investido de sentido y escenario de determinadas prácticas sociales, intermedio entre el espacio privado y el espacio público.

Cuando realizó su tesis, nos cuenta Magnani, tuvo que justificar el “abordaje del placer”, habida cuenta de su consideración como irrelevante y poco seria, y, lo que era más importante, su sentido restringido como “contrapunto del trabajo”. La explicación es conocida. Término asociado al “tiempo libre”, surge en el contexto de la revolución industrial. Este tipo de tiempo, por lo tanto, era considerado necesario y funcional, desde el punto de vista de la lógica del capital, como factor indispensable para el mantenimiento y la reproducción de la fuerza de trabajo; y desde el punto de vista del trabajador, era considerado una “conquista histórica”, resultado de la lucha del movimiento obrero por la disminución de la jornada de trabajo, el descanso semanal remunerado, las vacaciones y otros beneficios. Habría que agregar, relata Magnani, que para muchas tendencias obreras, el tiempo libre es ocasión para el desarrollo de una cultura propia e independiente de los valores burgueses.

“La cuestión del placer, por lo tanto, surge dentro del universo del trabajo y en oposición a él: la dicotomía es, en verdad, entre tiempo de trabajo y tiempo libre o liberado, y por placer se entiende generalmente el conjunto de ocupaciones que “completan” (este tiempo no laboral).

Su investigación, sin negar este sentido del placer, prefirió situarlo en otro contexto: el espacio del barrio. Operación que implicó el desplazamiento de la lógica del capital a la lógica del “otro”, para des-velar un espectro de usos del tiempo libre, permitiendo comprenderlo como una cuestión de sociabilidad de un grupo, cuyo derecho de ciudadanía es también el placer.

Su punto de partida fue el espacio donde se practica el placer. El análisis permitió distinguir un sistema de oposiciones. Por un lado, “en casa vs fuera de casa”, y dentro de la noción “fuera de casa”, en el vecindario vs fuera del vecindario.

En este marco, el pedazo constituye aquel el “espacio – o un segmento del mismo – que se convierte en un punto de referencia para distinguir determinado grupo de frecuentadores como pertenecientes a una red de relaciones”. Es, como ya se dijo, un espacio intermedio entre lo privado y lo público, donde se desarrolla una sociabilidad básica, más amplia que la fundada en los lazos familiares, por lo tanto, más densa, significativa y estable que las relaciones formales e individualizadas, impuestas por la sociedad. Y son en esos espacios donde se tejen la trama de lo cotidiano y se “practica el placer”.

La pertenencia que caracteriza al “pedazo” implica el cumplimiento de ciertas reglas de lealtad, que funcionan también como protección, inclusive cuando las personas se aventuran para el disfrute fuera del espacio.

Magnani menciona que la noción nativa de pedazo es útil también para pensar la dinámica del barrio. Así, de mero término en el interior de un sistema de clasificación, terminó asumiendo el papel de categoría que describe una particular forma de sociabilidad y apropiación del espacio: salir de la periferia en dirección al centro significa, además de dejar el barrio, “abandonar la lógica del pedazo”.

 

Del barrio al centro, hay una distancia

Su tesis motivo otro estudio, que, interés comparativo mediante, continuó siendo sobre placer: práctica que supone formas de vínculos y relación con el espacio y los equipamientos urbanos. A este nuevo estudio, Magnani lo llamo “Los pedazos de la ciudad”.

A diferencia de la anterior investigación, la nueva fue una actividad colectiva, pues contó con la participación de estudiantes de Antropología, con quienes organizó sesiones de trabajo e idas al campo en diferentes grupos, siguiendo la perspectiva interpretativa de Geertz (Experiencie-near / Experiencia-distant).

La investigación tuvo dos fases secuenciales. Una de exploración e identificación, otra de profundización y clasificación.

En la primera fase, identificaron puntos de referencia conocidos del espacio urbano por su relación con equipamientos y prácticas de entretenimiento, a través de caminatas de reconocimiento por las áreas delimitadas por esos equipamientos. Se logró así un esbozo, un primer mapeamiento de los itinerarios internos, así como de las fronteras y puntos de ligazón con otras áreas. La metodología se basó en la observación directa durante caminatas y en la clasificación.

En la segunda fase, se seleccionaron dos “manchas” (mas adelante el autor las define) y se observaron de manera más sistemática los escenarios, complementando con entrevistas.

Hay algunas cuestiones metodológicas que Magnani explica:

La caminata que hace el observador es diferente, más lenta que el usuario, más regular que el paseante. Es sistemática pero no exhaustiva. La recomendación durante la investigación fue “dejarse impregnar por los estímulos sensoriales”. Se debía estar atento principalmente a la materialidad del paisaje: relación entre espacios vacíos y construidos, disposición de edificaciones y equipamientos, escala, volumen, ruidos, colores, olores. No se trataba de buscar lo inusitado, lo inesperado, por el contrario, lo reiterativo, el patrón, la norma. La delimitación previa del decurso y la cobertura del trayecto en su totalidad sin interrupciones, son condiciones para captar la diversidad de una calle, sin dejarse llevar por la fragmentación que, a primera vista, ella parece exhibir. Debe haber un orden, un ritmo, reglas. Los usuarios obedecen esa orden sin necesariamente ser concientes, pues el patrón está internalizado. A la investigación le quepa identificar las reglas.

Para evitar la dispersión durante la caminata debido a la multiplicidad de estímulos, se propone el siguiente esquema destinado a dirigir y organizar, desde el inicio, la observación: escenario / actores / reglas.

Esto porque etnografía – explica Magnani – no es mera descripción o recolección de datos a ser posteriormente trabajados: lo que se observa es la forma como se ordenan las primeras observaciones, la cuales ya obedecen a algún principio de clasificación, y, si no se propone ninguno, lo que presidirá y orientará la primera observación será el sentido común, cosa, precisamente, que se pretende evitar”.

Magnani define al escenario como el conjunto de elementos físicos, producto de prácticas sociales anteriores y en constante diálogo con las actuales, favoreciéndolas, dificultándolas y siendo continuamente transformado por ellas. Delimitar el escenario exige, según el autor, identificar actores, reconocer divisas, anotar puntos de intersección, tanto respecto a elementos físicos, como a usos de los actores.

Se trata de detectar tipos de actores, construir categorías, determinar comportamientos  – agrupando, separando, clasificando. Serán habitantes, clientes, trabajadores, paseantes, usuarios, peatones, manifestantes, etc., según el enfoque escogido. La observación directa sirve tanto para captar el escenario, como para obtener una primer relevamiento de actores. Las entrevistas, cuestionarios e historias de vida podrán ayudar, posteriormente, a profundizar los datos y las informaciones.

La dilucidación de las reglas sucede en la etapa final de esta primera fase, pues “los actores, en aquel escenario, siguen un libreto”. Las reglas otorgan significado al comportamiento y a través de ellas es posible determinar las regularidades, descubrir lógicas, percibir las trasgresiones y los significados emergentes.

Identificar los movimientos, los flujos y las diferentes formas de apropiación del universo de significado de los actores, es el primer paso para llegar a patrones más generales, responsables de la comprensión de comportamientos articulados a otras instancias y dominios más amplios de la vida social”.

 

Las categorías

La primera tarea de una investigación antropológica cuyo objeto está constituido por prácticas que se desenvuelven en espacios de múltiples usos, cómo es el caso del placer en el centro de la ciudad, es delimitar las unidades significativas para la observación y el análisis: como no están dadas de antemano, es necesario destacarlas del fondo impreciso de realidad tal como es vista por el sentido común”.

Magnani constata con esta investigación, que las discontinuidades significativas en el tejido urbano no son naturales (topografía, trazado de rutas, zonificaciones y otras normas), sino producidas por diferentes formas de uso y apropiación del espacio.

“Calles, plazas, edificaciones, viaductos, esquina y otros equipamientos están allí, con sus usos y sentidos habituales”, pudiendo ser refuncionalizados, pues son justamente las prácticas sociales las que significan o resignifican los espacios, a través de una lógica que opera con muchos ejes de significación: casa/calle, masculino/femenino, sagrado/profano, público/privado, trabajo/ocio…

Según Magnani, una clasificación con estos ejes de oposición no produce tipologías rígidas, porque no opera con sentidos unívocos: “hay veces que el espacio de trabajo es apropiado por el del placer, el del paseo es usado como local de protesta en día de manifestación, el ámbito de lo masculino es invadido por el femenino, la devoción termina en fiesta…”.

Algunas consideraciones sobre las categorías:

El pedazo en regiones centrales de la ciudad
   – Se está entre iguales, el territorio es claramente delimitado por marcas exclusivas
   – El componente espacial del pedazo, inclusive inserto en un equipamiento o lugar de amplio acceso, no comporta ambigüedades porque está impregnado por el aspecto simbólico que le presta la forma de apropiación característica.

Las manchas
   – Punto de referencia para un número más diversificado de frecuentadores
   – Base física más amplia permitiendo la circulación de gente oriunda de varias procedencias
   – Áreas contiguas del espacio urbano dotadas de equipamiento que marcan sus límites y viabilizan – cada cual con su especificidad, compitiendo o complementando – una actividad o práctica predominante.

Trayectos
   – Flujos en el espacio mas abarcante de la ciudad y en el interior de las manchas urbanas
   – Vinculan puntos, manchas, circuitos, complementarios o alternativos
   – En el interior de las manchas
   – No es aleatoria ni ilimitada en sus posibilidades de combinación. Lógica dictada por sistemas de compatibilidades. Otra es la gramática que permite comprender el significado de ese bar  y del trayecto en que se inscribe
   – Permite pensar tanto una posibilidad de opción al interior de las manchas como la apertura de las manchas y los pedacos a otros puntos del espacio urbano y, en consecuencia, a otras lógicas. Sin esa apertura, se corre el riesgo de una perspectiva reificadora, restringida y demasiado “comunitaria” de la idea de pedaco.

Pórticos

   – Los trayectos llevan de un punto a otro a través de los pórticos: “maldición de los vacíos fronterizos”, tierra de nadie, lugar de peligro, preferido por liminares y para la realización de rituales mágicos

Circuitos
   – Une establecimientos, espacios y equipamientos caracterizados por el ejercicio de determinada práctica u oferta de determinado servicios, sin embargo no contiguos en el paisaje urbano, siendo reconocidos en su totalidad apenas por los usuarios: circuito gay, de los cines de arte, esotéricos, salones de danza, swhos black, etc.

Todas estas categorías, advierte, Magnani son llaves para la lectura, el entendimiento y la orientación en la ciudad: densa en cotidianeidad, patrimonio y  repertorio de significantes.

 

Conclusión

Magnani señala que la Antropología ha tomado opciones. Lo ha hecho por la cultura en desmedro de civilización, así como por la comunidad en desmedro de la sociedad (válida siempre y cuando no se entiendan como dos tipos concretos de organización social, aclara). En ese marco, en la antropología urbana está siempre presente la “tentación de aldea”, o sea, el objeto de estudio como una unidad cerrada y autocentrada. Es un riesgo que no debe desconocerse ni subestimarse.

En tal sentido, recortar un objeto o tema de investigación en la ciudad no implica (no debe serlo, al menos) cortar los vínculos que mantienen con las demás dimensiones de la dinámica urbana, en especial, los de la modernidad. La “opción” (histórica) de la Antropología por la comunidad no implica la renuncia de los lazos societales. Lo que caracteriza el hacer etnográfico en el contexto de la ciudad es el doble movimiento de sumergir en lo particular y establecer comparaciones con otras experiencias y estilos de vida, en el ámbito de instituciones urbanas, marcadas por procesos que trascienden los niveles local y nacional.

Hay un debate interesante que trae Magnani respecto a la antropología urbana. Se trata de la distinción de la “Antropología en la ciudad” y “Antropología de la ciudad” (la distinción es de Eunice R. Durham (4)). La primera consiste en hacer antropología en abstracción del contexto urbano,  los condicionamientos que implican y significan para la práctica social. Son los ejemplos referidos a estudios de poblaciones determinadas, donde el énfasis está puesto en comprender las condiciones de vida, sin atisbar las implicancias de la vida urbana. La segunda re-afirma al contexto urbano como parte constitutiva del fenómeno de estudio, pues se reconoce que sus dinámicas participan de las prácticas sociales, mientras que están producen a aquellas.

Pero hay un aspecto (fundamental, a mi modo de ver) que Magnani destaca en sus conclusiones, sin ampliarla. Es el fenómeno metropolitano. En las metrópolis, “la práctica social no queda inmune a su escala”. Resulta que la metrópolis no es una ciudad cualquiera.

Al respecto, traigo a colación las preguntas que nos formulamos con Mabel Causarano para el caso de Asunción metropolitana:

La metropolización y la mundializacion de la cultura, entre otros fenómenos, incrementan el desafío para el análisis y la acción política ¿Siguen vigentes los conceptos clásicos de ciudad? ¿Cómo definirla, cuando, como en el caso del área metropolitana de Asunción, las relaciones sociales se despliegan en una expansiva mancha urbana influida por la presencia transversal en la vida cotidiana de los medios masivos y las nuevas tecnologías de comunicación? ¿Cómo gobernar y cómo participar cuando los límites urbanos se diluyen, cuando los habitantes, los mismos actores políticos y las organizaciones sociales,  ven solo fragmentos del territorio, cuando la participación se subsume en el cumplimiento de los propios intereses, desenfocados del mapa general de los intereses colectivos?” (5)

Magnani afirma que “ante la inmensidad de la metrópolis (y la metrópolis paulista es literalmente inmensa), es necesario identificar unidades significativas y establecer recortes para el análisis. La adopción de un “eje temático” puede también ser útil para evitar la fragmentación. Su caso fue el “placer”.

Quisiera traer aquí, a modo de aporte, un par de párrafos que escribí con Causarano, en el texto citado:

Tres procesos pueden ser destacados en Asunción metropolitana, observables también en otras ciudades latinoamericanas (6):

* La des – espacialización: el espacio urbano no cuenta sino en cuanto valor asociado al precio del suelo y a su inscripción en los movimientos del flujo vehicular. Ese hecho está volviendo a la ciudad más un espacio para circular que para el encuentro. La materialidad histórica de la ciudad sufre así una fuerte devaluación.
* El des – centramiento: señala no tanto la manoseada descentralización sino la “pérdida de centro”. No se trata sólo de la degradación sufrida por los centros históricos y su recuperación “para turistas” (o bohemios, intelectuales, etc.), sino de la propuesta de una ciudad configurada a partir de circuitos conectados en redes,  cuya topología supone la equivalencia de todos los lugares. Y con ello, la supresión o desvalorización de aquellos lugares que hacían función de centro, como las plazas. El descentramiento apunta a un ordenamiento que privilegia la operatividad de los  enlaces, las conexiones de flujos versus la intensidad del encuentro y la “peligrosidad” de la aglomeración que posibilita la plaza, suplantada hoy, en sentido “desfigurado”, por los centros comerciales.
* La des – urbanización: indica la reducción progresiva de la ciudad realmente usada por los ciudadanos. La extensión de la mancha urbana y la fragmentación conducen al desuso, por parte de la mayoría,  de los espacios públicos cargados históricamente de significación. La desurbanización se expresa también en la ruralización: en paralelo con la urbanización física inacabada, la cultura de la mayoría que habita las conurbaciones se halla a medio camino entre la cultura rural – desarticulada por el desarraigo y las exigencias que impone la ciudad – , y los modos de vida plenamente citadinos. 

 

Notas

1. José Guillherme C. Magnani, Lilian de Lucca Torres (organizadores) “En la metrópolis: textos de antropología urbana”. Editora da Universidade de Sao Paulo. Sao Paulo, 1996. 
2. El texto se encuentra en portugués. La traducción es responsabilidad del autor de este trabajo, quien si bien conoce el idioma, no lo domina, más aún al tratarse de un texto técnico. Puede que haya, por lo tanto, algunas imprecisiones. Van las disculpas del caso.
3. Evans-Pritchard. E.E. Antropología Social: pasado y presente. En Ensayos de Antropología Social. Siglo XXI. Madrid, 1974.
4. A pesquica antropológica con populacoes urbanas: probleas e perspectivas. En Cardoso, Ruth (coord.) A Aventura Antropológica. Editora Paz e Terra. Sao Paulo, 1997.
5. Causarano, Mabel y Velázquez, Vladimir. Ciudades no pensadas: la deuda intelectual. Revista Acción. Noviembre, 2007.
6. Basado en Martín-Barbero, Jesús. Oficio de Cartógrafro. Travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura. Fondo de Cultura Económica. Santiago, 2002.

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