La nación en la nueva cultura. Apuntes para la reflexión a partir de la Ley Nacional de Cultura de Paraguay

20Mar09
Panteón de los Héroes

Panteón de los Héroes

Por Vladimir Velázquez Moreira (vladivelmo@hotmail.com)

INTRODUCCIÓN
 
La nación es un tema apasionante, tal vez por eso una idea poderosa. Junto con la identidad que le es tributaria (identidad nacional), comparte una “esencia” impermeable a la historia y la razón ¿Quién pone en discusión cómo es el paraguayo? Simplemente es. La cultura paraguaya o la identidad nacional son claves explicativas de todo cuanto pasa, la manera de “resolver” problemas más diversos y  el motivo que, en última instancia, está detrás del estado de cosas nacional. Esa esencia es un mito.

Entre los tantos desafíos intelectuales del Paraguay, aparece la reflexión sobre la identidad nacional, tanto en perspectiva histórica, como contextual. Está por escribirse la historia de la nación desde la historia social y la perspectiva antropológica.

El Seminario “Cultura, Nación e Identidad”, dictado por la profesora Ana María Gorosito Kramer, en el marco de la Maestría en Antropología Social de la Universidad Católica, ha motivado lecturas y discusiones fértiles sobre el tema, en términos teóricos y concretos.

Es en ese marco, en el cual elaboro este ensayo, con el objetivo de apuntar ciertas pistas para habilitar una reflexión, o contribuir a que ella suceda, desde otro punto de vista, uno más “diverso”, uno más riguroso.

El tema

En el 2006, se ha promulgado la Ley Nacional de Cultura, la cual además de reconocer los derechos
culturales de todos individuos y colectividades del Paraguay, crea la Secretaría Nacional de Cultura, órgano rector de las políticas culturales del país. La Ley adopta, por un lado, una concepción amplia de cultura, en cuyo marco re-significa a la nación, diferenciándola y distinguiéndola de aquella concepción homogénea y homogeneizante; por el otro, delimita el rol del Estado a la regulación y la promoción de las condiciones necesarias y favorables para el ejercicio de los derechos culturales. 

La pregunta que orienta esta monografía es: ¿Cuáles son las implicancias de la nueva ley desde la perspectiva de la relación entre Estado e identidad nacional?

La puesta en relación de esta situación (la emergencia de un nuevo paradigma cultural en el Estado) y la reflexión sobre la nación realizada en el marco del Seminario, me motivaron a organizar ciertas ideas y lecturas. El tema es complejo y requiere, además de una sistematización de literatura internacional y nacional, investigaciones empíricas. Este trabajo, en tal sentido, es limitado. Hace a disquisiciones conceptuales y discusiones de posibles preguntas.

El ensayo está organizado en tres partes. La primera presenta de manera muy acotada, ciertos elementos fundamentales del debate sobre la nación, apelando en gran medida a las referencias leídas y discutidas en el marco del seminario citado. La segunda parte presenta la Ley Nacional de Cultura, poniendo énfasis en sus fundamentos conceptuales y políticos. La tercera, busca formular preguntas para echar luz a la reflexión.

Una tarea pendiente, que debe sumarse a este trabajo, es la revisión de literatura local sobre la nación paraguaya.
 

EL “ESTADO” DE LA NACION

A modo de introducción temática

La nación es un concepto, una categoría histórica. Tiene una historia, alude a la historia concreta y las disciplinas que la estudian también tienen la suya. Como bien señala Eric Wolf, “conceptos tales como nación, sociedad y cultura designan porciones y puede llevarnos a convertir nombres en cosas. Sólo entendiendo estos nombres como hatos de relaciones y colocándolos de nuevo en el terreno del que fueron abstraídos, podremos esperar evitar inferencias engañosas y acrecentar nuestra comprensión” (1). Al ser una construcción conceptual y, a la vez, histórica, significa que ni es unívoca, ni es natural. Es más, sólo puede comprendérsela relacionalmente.

Es un concepto connotado y controversial. Históricamente, las naciones han sido objeto de disputas, sea para emanciparlas, dominarlas, reivindicarlas, dividirlas, construirlas o mantenerlas.  Considerada natural por el lego, inclusive por no pocos doctos, la ciencia histórica des-cubre que es una “novedad histórica” (2). De hecho, tal cual la conocemos (nación-estado), apenas ronda los dos siglos. Sin embargo, hoy se discute si la nación sobrevivirá a la globalización, si debe hacerlo o no, así como se echa luz acerca de naciones que perviven con muy buena salud, pese a holocaustos, guerras e imperialismos nuevos y viejos. Las consecuencias nefastas del  neoliberalismo, por su lado, devaluaron y desplazaron la idea de “achicamiento del Estado”, a favor del “Estado fuerte” (tributario de nociones relacionadas con capacidad y fortaleza para cumplir sus deberes).

La nación es un concepto fundamentalmente político, pues,  también aquí de la mano del Estado, despierta pasiones y movilizaciones, como ha sucedido décadas o siglos atrás con los movimientos nacionalistas, que coadyuvaron a la construcción política, social y simbólica de los Estados nacionales.

La nación adjetivo o la identidad nacional han sido, al menos para Occidente, la identidad por antonomasia, a tal punto de haberse naturalizado, haciéndose sentido común, y definiendo lo que se es y lo que no se es. Lo que se diga o haga con ella, por lo tanto, también tendrá que verse con todos quienes “son”. Siendo el objeto de la identidad, la esencia, tal vez, no sea raro que ella también se convierta en una (3).

Pero asediada por la globalización, desde afuera, según una perspectiva, o desde dentro mismo, según otra, la nación sufre una implosión. Los grupos, las etnias y las sociedades históricamente contenidas en naciones erupcionan, tal cual volcán, reivindicando su diferencia, denunciando la represión o negación, sino aniquilamiento, que históricamente el Estado nación ha operado. Éste, a diestra y siniestra, es desvelado y denunciado en su lógica homogénea y homogeneizante.

Así las cosas, la nación es territorio movedizo y pantanoso.

La consecuencia de la historia y el aporte antropológico

La nación no es un objeto fácil y no es suficiente decir que es una invención histórica, desterrando cualquier naturalización de sentido común. Este aserto es sólo un punto de partida. El análisis de los procesos históricos concretos es ineludible para lograr alguna comprensión de estos conceptos, así como de los hechos sociales a ellos asociados. América Latina no puede ser identificada, por ejemplo, con Europa en los procesos de constitución de los Estados nacionales, aunque haya semejanzas correspondientes a la matriz de la modernidad, las relaciones capitalistas y la lógica del Estado moderno.

A la historia de la configuración de los Estados nacionales, con el correlato de análisis filosóficos y sociales, por la convergencia con el fenómeno de la modernidad (Renato Ortiz dirá que nación y modernidad son fenómenos convergentes, pero diferentes), debe sumarse la crítica a la lógica “estadocéntrica” que caracterizó – y sigue caracterizando en gran medida – a las ciencias sociales. Éstas históricamente han tenido como fundamento una “visión particular de la espacialidad, aunque no era declarada. El conjunto de estructuras espaciales por medio del cual se organizaban las vidas, según la premisa implícita de los científicos sociales, eran los territorios soberanos que colectivamente definían el mapa político del mundo. Casi todos los filósofos sociales daban por sentado que esas fronteras políticas determinaban los parámetros espaciales de otras interacciones clave – la sociedad de la ciencia, la economía nacional del macroeconomista, el cuerpo político del politólogo, la nación del historiador. Cada uno de ellos suponía una congruencia espacial fundamental entre los procesos políticos, sociales y económicos. En ese sentido la ciencia social era claramente una criatura, si es que no una creación, de los Estados, y tomaba sus fronteras como contenedores sociales fundamentales” (4).

A esta crítica y particularmente a la “transformación conceptual” de la nación, la antropología ha contribuido de forma importante, como lo ha hecho – y esto guarda relación – para el abandono del concepto de “raza”. Al comportar la nación una dimensión cultural fundamental y ser oriunda, en cuanto constructo, de Occidente, la antropología ha hecho aportes sustanciales para comprenderla de otra manera, justamente al poner en relación a “sociedades con Estado” y “sociedades sin Estado”, y al haber abordado de manera profunda y sistemática el concepto de “etnia” y de “fronteras étnicas”.

No sólo Estado y nación son “cosas” diferentes, sino que es posible hablar de naciones sin Estado, naciones pre-existentes al Estados-nación, naciones que han sido subsumidas por el Estado-nación, nacionalismos que han forjado naciones estatales, o naciones que no han alcanzado a constituirse en Estados.

Un programa para el abordaje

El Seminario “Cultura, Nación e Identidad”, dictado por la profesora Ana María Gorosito Kramer, en el marco de la Maestría en Antropología Social de la Universidad Católica (5), es una referencia útil para dibujar un mapa (de los tantos posibles) para recorrer la nación. Las observaciones que siguen, corresponden al programa y el desarrollo del Seminario. Obviamente, se trata de una selección de contenidos, así como – guardando las distancias – los actores hegemónicos seleccionan los contenidos de la memoria y las narraciones nacionales.

Gorosito  sugiere iniciar el abordaje reconociendo antecedentes fundacionales, relacionados con aspectos básicos de la teoría de las relaciones interétnicas. Max Weber, aunque muchas veces olvidado, es un autor obligado, particularmente por su escrito “Comunidades interétnicas” (6), seguido de  F. Barth, quien en su Prólogo de  “Los grupos étnicos y sus fronteras”, plantea los elementos fundamentales y relacionales del concepto “etnia”. Y no es causal que en un seminario antropológico sobre “Nación, identidad y cultura”,  el inicio de la reflexión considere a la “etnia”, al ser una interpeladora histórica de la nación-estado, interpelación acrecentada en las últimas décadas.

De entrada, una perspectiva histórica debe ser señalada. Si de la nación se trata, la “expansión del capitalismo y el fenómeno de la globalización”, son ineludibles. Para la revisión de los aspectos históricos (etapas de formulación política del proyecto de nación, consolidación del modelo y crisis contemporánea), autores como Hobsbawm y Gellner son obligados (7).

Siguiendo el mapa de Gorosito, Miguel Bartolomé ayuda a dar una perspectiva latinoamericana a la cuestión (8), al desvelar el hecho de que “en realidad, naciones ha habido siempre, si la entendemos como un conjunto discernible, con pautas comunes y formas propias de organización política”. Siguiendo a este autor, en América Latina los Incas y los Aztecas, por ejemplo, han desarrollado una organización social con formas estatales pre-hispánicas, que no se han configurado como nación-estado. Es así que en este continente puede hablarse de Estados pre-colombinos, Estados coloniales y Estados nacionales, éstos últimos arrancando con las independencias nacionales y yendo de la mano con la expansión industrial, o sea, una forma de organización económica y social.

Los Estados nacionales, según Bartolomé, han sido “estados de expropiación”, que impusieron una forma particular de organización social y contenido cultural” (9). Al respecto, ha sido Balandier, antes de Bartolomé, quien ha desarrollado el concepto de “situación colonial”, tributario del concepto de “hechos totales”. Balandier ha ejercido una importante influencia en la antropología latinoamericana, de la mano de autores brasileños y mexicanos.

Los Estados nacionales no sólo han sido posteriores a naciones particulares, sino que han subsumido a las mismas, bajo la hegemonía de un sector de la sociedad. La etnia o las etnias en este contexto, han pasado de un proceso de vaciamiento o desdibujamiento, incorporación a veces, resistencia otras, para, en varios casos, re-emerger reivindicando su carácter de nación o pueblo, en contrapartida  a la nación –estado (10).

Otra veta de origen para abordar la nación, son los autores clásicos europeos, particularmente Renan y Herder, quienes representan dos modelos, clásicamente confrontados: el modelo francés y el modelo alemán, respectivamente. El modelo francés privilegia a la sociedad y la civilización, en las cuales el individuo, como productor de conocimiento encarna, la misión del progreso (11). El modelo alemán está asociado a un concepto étnico, reivindicando el concepto de cultura, el holismo y la espiritualidad del pueblo.

A las lecturas de Renan y Herder, y a la de Geller y Howsbawn, quienes parten su argumentación desde la complejizacion de la sociedad a partir de la expansión capitalista y la modernidad, se suma la de Benedict Anderson quien enriquece la reflexión con una lectura de otra índole, presentando una nueva versión de la nación, como imaginada, lo que no significa falsa. En su acepción, la nación tiene 3 ingredientes esenciales: es imaginada, es limitada y es soberana. En sus propias palabras (12) (se reproduce extensamente debido a la cualidad ilustrativa de B. Anderson):

“…con un espíritu antropológico propongo la definición de la nación: una comunidad política imaginada, como inherentemente limitada y soberana. Es imaginada porque aún los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión.

La nación se imagina limitada porque incluso la mayor de ellas, que alberga tal vez a mil millones de seres humanos vivos, tiene fronteras finitas, aunque elásticas, más allá de las cuales se encuentran otras naciones. Ninguna nación se imagina con las dimensiones de la humanidad. Los nacionalistas más mesiánicos no sueñan con que habrá un día en que todos los miembros de la humanidad se unirán a su nación, como en ciertas épocas pudieron pensar los cristianos, por ejemplo, en un planeta enteramente cristiano.

Se imagina soberana porque el concepto nació en una época en que la Ilustración y la Revolución estaban destruyendo la legitimidad del reino dinástico jerárquico, divinamente ordenado. Habiendo llegado a la madurez en una etapa de la historia humana en la que incluso los más devotos fieles de cualquier religión universal afrontaban sin poder evitarlo el pluralismo vivo de tales religiones y el alomorfismo entre las pretensiones ontológicas de cada fe y la extensión territorial, las naciones sueñan con ser libres y con serlo directamente en el reinado de Dios. La garantía y el emblema de esta libertad es el Estado soberano.

Por último, se imagina como comunidad porque, independientemente de la desigualdad y la explotación que en efecto puedan prevalecer en cada caso, la nación se concibe siempre como un compañerismo profundo, horizontal. En última instancia, es esta fraternidad la que ha permitido, durante los últimos dos siglos, que tantos millones de personas maten y, sobre todo, estén dispuestos a morir por imaginaciones tan limitadas”.

Leyendo a Anderson vemos como el museo, el mapa y el censo, por un lado; las narraciones (construidas y seleccionadas de las tantas posibles), la moneda, la escuela, los intelectuales y las autoridades, así como los medios de comunicación, por el otro, juegan un rol fundamental en esa construcción.

Pero al lado de la naturaleza y la constitución de la nación, aparece, como ya se mencionó, su situación y proyección en el contexto de la globalización y mundialización. Varios son los autores sugeridos por Gorosito para abordar la cuestión. Seleccionamos a Renato Ortiz a los efectos de este trabajo (13).

Modernidad mundo e identidad: leyendo a Renato Ortiz (14)

Este autor define a la identidad como “una construcción simbólica que se hace en relación a un referente”,  tomando distancia del modo esencialista en que muchas veces fue tratado por las ciencias sociales, particularmente por la antropología. Desde esta perspectiva conceptual, el dilema de la autenticidad o inautenticidad de la identidad, constituye un planteamiento inadecuado, dice el autor, pues ella es producto de la historia de los hombres y las mujeres, en el marco de condiciones y procesos socio-históricos determinados, y cruzado a la vez por relaciones de poder.

Y consecuente con lo dicho hasta ahora respecto a la nación, ésta constituye el referente general de la identidad nacional. Una y otra, por lo tanto, son construcciones históricas, en las que la dimensión simbólica guarda especial relevancia (no exclusiva, debe recordarse).

La pregunta que problematiza Ortiz hace referencia a lo que ocurre con la identidad nacional, por extensión con la nación, en un mundo globalizado. Toma, para el efecto, como punto de partida la definición que hace M. Mauss de la nación: “una sociedad material y moralmente integrada a un poder central estable y permanente, con fronteras determinadas, y a una relativa unidad moral, mental y cultural de los habitantes, que adhieren conscientemente al Estado y a sus leyes”.

La noción de ciudadanía, la integración material, el territorio y la unidad moral y cultural, presentes en esta definición, señalan no sólo la novedad histórica (la noción de ciudadanía no ha existido siempre), sino también un tipo de organización social, relacionada con el capitalismo, la centralización y la administración del Estado. La construcción de la nación, particularmente de la identidad nacional, se inscribe en este proceso, que construye los cimientos de una nueva “solidaridad”, parafraseando a Durkheim. “La sociedad industrial rompe con las fronteras pre-existentes a través de la división del trabajo, y promueve la circulación constante de los individuos” (15), destacará Ortiz.

De ahí el énfasis de este autor en señalar la convergencia de nación y modernidad, aunque no deben confundirse. Para él, ambas convergen históricamente: la nación se realiza a través de la modernidad, pero ésta la trasciende.

La dilución de las fronteras es un tema intrínseco de la modernidad. “El advenimiento de la modernidad hace que las relaciones sociales no se aferren más al contexto local de interacción. Todo sucede como si en las sociedades pasadas espacio y tiempo estuvieran contenidos por el entorno físico. La modernidad rompe esta continuidad, desplazando las relaciones sociales a un territorio más amplio. El espacio, debido al movimiento de circulación de personas, mercancías, referentes simbólicos, ideas, se encuentra dilatado. El proceso de construcción nacional ilustra bien esa dinámica (…) Retira a los individuos de sus localidades para recuperarlas como ciudadanos (…) son así referidos a otra totalidad” (16).

Claro está que la construcción de la nación y su identidad,  no son sólo fenómenos basados en cambios estructurales. Para la construcción de esa nueva solidaridad, así como de la “comunidad imaginada”, la acción de los medios de comunicación, desde el tren hasta la imprenta, inicialmente, la radio y el cine, posteriormente, serán no solo conectores, sino difusores de un nuevo sentido, tributario de “políticas públicas culturales”, como la unificación lingüística, la invención de los símbolos y la selección-narración de una memoria nacional (siempre objeto de disputas). Han sido los intelectuales, en su sentido gramsciano, los mediadores simbólicos de la identidad nacional, al establecer un nexo entre el pasado y el futuro.

Sin embargo, estamos frente a un movimiento con tensiones: fundamentado en el principio de la individualidad,  las personas son libres para circular, pero están condicionadas por su posición de clase, y sujetos a una instancia superior que busca imputarle una voluntad colectiva. En este sentido, el individuo debe expresarse como ciudadano de una nación. La nación, dice Ortiz, “es una sociedad que se imagina como siendo una comunidad, algo irrealizable frente a la radicalidad de las transformaciones” (17). La convergencia de nación y la modernidad, por lo tanto, no está exenta de contradicciones. “La modernidad, al mismo tiempo que se encarna en la nación, trae con ella los gérmenes de su propia negación. La identidad nacional se encuentra de esta forma en desacuerdo con el propio movimiento que la engendra. Es el resultado de un doble movimiento, la desterritorialización de los hombres y su reterritorialización en el ámbito de otra dimensión. Su existencia es por lo tanto precaria y debe ser reelaborada constantemente por las fuerzas sociales. Lejos de ser acabado, definitivo, la identidad nacional exige un esfuerzo permanente de reconstrucción” (18).

Renato Ortiz afirma que la nación no es sólo una entidad polítco-administrativa, es también una instancia de producción de sentido. “La identidad galvaniza las inquietudes que se expresan en su territorialidad. Pero su afirmación no ocurre sin problemas (…) frente a otras orientaciones alternativas, la identidad nacional se afirma como hegemónica (…) el referente nación posee el monopolio de la definición de sentido. Es el principio dominante de la orientación de prácticas sociales. Las otras identidades posibles, o mejor, los referentes utilizados en su construcción, están sometidos a él” (19).

Siguiendo al mismo Ortiz, y reproduciéndole extensamente aquí, vemos que fenómenos y contradicciones se acentúan en la actual época histórica:

Sin embargo, esta situación prevalece mientras las contradicciones existentes son contenidas dentro de las fronteras del estado-nación. La desterritorialización proporcionada por la nación es parcial, favorece la movilidad de las cosas sólo en el horizonte de su geografía. La modernidad requiere un desarraigo más  profundo. En el momento en que se radicaliza, acelerando las fuerzas de descentramiento e individuación,  los límites anteriores se tornan exiguos. La “unidad moral, mental y cultural”, de la que habla Mauss, sufre una implosión. En este contexto, la  identidad nacional pierde su posición privilegiada de fuente productora de sentido y emergen otros referentes que cuestionan su legitimidad.

Este fenómeno no se restringe a los países periféricos, donde la realización histórica de la nación siempre fue incompleta. Por cierto, hay una correlación inversamente proporcional entre el avance de esta modernidad-mundo y la vitalidad de las naciones.

En ese sentido el mercado, las transnacionales y los mass-media son instancias de legitimación cultural, espacios de definición de normas y de orientación de la conducta, así como la escuela, el Estado y los intelectuales”.

Así las cosas, la integración, la territorialidad y la centralidad, difícilmente sean planteadas como anteriormente. La propia noción de espacio se transforma. Las fronteras de la nación no pueden contener más los movimientos identitarios.

“La modernidad mundo pone a disposición de las colectividades un conjunto de referentes – algunos antiguos, la etnicidad, lo local, lo regional; otros recientes, resultantes de la mundialización de la cultura -. Cada grupo social, en la elaboración de sus identidades colectivas, se apropiará de ellos de manera diferenciada. Esto no significa que vivimos en un estado democrático, en el cual la elección es un derecho de todos. Traducir el panorama sociológico en términos político es engañoso. La sociedad global, lejos de incentivar la igualdad de las identidades, está surcada por una jerarquía, clara e impiadosa….  Las identidades son diferentes y desiguales, porque sus artífices, las instancias que las construyen, disfrutan de distintas posiciones de poder y legitimidad. Concretamente, las identidades se expresan en un campo de luchas y conflictos en el que prevalecen las líneas de fuerza diseñadas por la lógica de la máquina de la sociedad”.

Obviamente, la lectura que hace Renato Ortiz es general y requiere muchas puntualizaciones, que los límites en la extensión del texto no nos permiten. Nos importa destacar, sin embargo, su análisis de la nación desde la perspectiva de la “modernidad-mundo”, este proceso de transformación permanente que reorganiza las relaciones sociales a partir de la desterritorialización y reterritorialización. Al mismo tiempo, es sumamente sugerente el aserto del Estado como la institución que tiene (tuvo en un momento determinado) el monopolio de la construcción de sentido, haciendo analogía con la clásica definición de Estado hecha por Max Weber. Podrá discutirse si el término monopolio es el adecuado, si de construcción de sentido se trata. Algunos tal vez quieran sustituirlo por el término “hegemonía”, aunque la lectura de Ortiz dialoga también con el bagaje gramsciano. Pero lo que resulta fundamental para los fines de nuestro trabajo es la señalación sobre la recreación permanente que necesita la identidad nacional (cualquier identidad, en suma), y que ésta convive con otras, en espacios sociales de permanente disputa. Esto último nos lleva a subrayar la necesidad del análisis de cómo esa recreación se hace (o no se hace) (20). Observamos que muchos de los estudios se focalizan en la “naturaleza” de la identidad o las identidades, en sus procesos de constitución, así como en las resistencias a la negación que ha operado históricamente el Estado-nación. Asimismo, acerca de la amenaza que sufre en un mundo globalizado.

Estando la deuda histórica del Estado-nación descubierta, estando los “derechos culturales” adquiriendo “carta de ciudadanía”, viviendo  la “diversidad social” una progresiva y heterogénea expresión política, viéndose a los chauvinistas, folcloristas y los postmodernos (ingenuos) perdiendo fuerza, y quedando claro que la identidad nacional no es natural, nos preguntamos: ¿cómo recrearla en un contexto de reconocimiento de la diversidad cultural? ¿Puede la nación-estado construir una identidad que no subsuma ni niega la diferencia, cómo lo ha hecho históricamente? ¿Cuáles son las políticas culturales para promover una identidad nacional así resignificada?

Sabiendo que el Estado moderno es una construcción histórica, cuya continuidad y rol hacen a uno de los debates políticos mas encontrados en las diferentes sociedades, las preguntas anteriores no pueden abstraerse de lo que ocurre y lo que se debate acerca del Estado. O sea, a la problematización de la nación, debe sumarse la problematización del Estado.

Una breve digresión sobre los derechos culturales

Los derechos culturales se inscriben en los derechos humanos, concepto que ha adquirido carta de ciudadanía, no así ejercicio generalizado y completo, a partir de la Declaración de los Derechos Humanos del Hombre, en 1948 (21). Si bien no existe una clasificación y una tipificación precisas, aluden – grosso modo – a la libertad de expresión, el derecho a disfrutar de la propia cultura y a profesar y practicar la propia religión y el propio idioma; el derecho a la educación, la información y el  acceso a los bienes culturales; el derecho a la creatividad, a beneficiarse del progreso científico, a la protección de los intereses materiales y morales de los autores y a la cooperación cultural internacional, entre otros.

“Los derechos humanos suelen calificarse de categoría subdesarrollada de derechos humanos (…) pues son los menos desarrollados por lo que atañe a su alcance, contenido jurídico y posibilidad de hacerlos respetar” (22). Esta situación responde a la imprecisa delimitación de los derechos culturales, derivada en parte de la polisemia del concepto de cultura, pero fundamentalmente a “los temores y sospechas que abrigan los Estados de que el reconocimiento del derecho a las diferentes identidades culturales, el derecho de identificación con grupos vulnerables, en particular las minorías y los pueblos indígenas, pueda fomentar la tendencia a la secesión y poner en peligro la unidad nacional” (23).

De hecho, los movimientos sociales vinculados a minorías étnicas, tuvieron, y siguen teniendo, especial relevancia para la conquista y la visibilización de los derechos culturales, así como para la adopción de la noción de derechos colectivos, complementando la noción individual de la cual nacen los derechos humanos. Cabe destacar que la Convención Internacional sobre los derechos de los Pueblos Indígenas aún no ha sido promulgada por la NNUU.

La última Convención de la UNESCO sobre la “Protección Promoción de la Diversidad de Expresiones Culturales” fue promulgada en el 2005, siendo ratificada por el Estado paraguayo de manera casi inmediata. Esta Convención, además de fortalecer y ampliar la noción de los derechos culturales, pone su acento en las Industrias Culturales – tema clave en la contemporaneidad -.

PRESENTACIÓN DE LA LEY NACIONAL DE CULTURA

La Ley fue promulgada en el 2006, pero su elaboración data de 1997, estando ese tiempo archivada (24). Tiene como objeto establecer los principios generales de los derechos culturales y definir el marco básico de institucionalidad que permita promover el pleno ejercicio de los mismos en el Paraguay (25).

El reconocimiento de los derechos culturales por parte de la Ley Nacional de Cultura de Paraguay, por lo tanto, es consecuente con varios artículos constitucionales y leyes vigentes, pero principalmente con diversos Convenios Internacionales que ha ratificado el Estado. Pero también constituye el reconocimiento de la carencia de un “ordenamiento jurídico y de un cuerpo coherente de disposiciones que determinen las obligaciones del Estado en materia de asuntos culturales, y prevean tanto la organización de sus cuadros administrativos, como la institución de mecanismos de participación” (26).

La explicitación de los derechos culturales y la institucionalización de lo cultural como condiciones necesarias para su ejercicio, la dimensión cultural de la sostenibilidad del desarrollo (27) y la relación simbiótica entre cultura y educación (28), hacen a los principales fundamentos de la Ley. Ésta plantea, una concepción amplia y, a la vez, restringida de cultura, de modo a expresar los derechos culturales y definir el rol del Estado en esta materia, respectivamente.

Un concepto amplio de cultura

Según la Exposición de Motivos (EM) de la Ley, los derechos culturales son consonantes con una concepción amplia de cultura. Ésta es planteada como alternativa, sino sustituto a “cierto concepto tradicional de cultura circunscrito a las Bellas Artes y el patrimonio histórico”, la cual “tiene fuentes nacionalistas (cultura entendida como conjunto de acervos fijos que determinan la identidad nacional) e ilustradas (cultura comprendida como suma de valores “superiores” idealizados)” (29).

La EM define a la cultura, en su acepción amplia, como “sistema simbólico estrechamente articulado con el sistema tecnológico y el relativo a las formas de organización social, que incluye las redes de sentido que levantan las sociedades para autocomprenderse y legitimarse, las formas por las cuales las comunidades se reconocen y se diferencian, los acervos patrimoniales, las figuras y los discursos colectivos a través de los cuales el cuerpo social se imagina, recuerda y se proyecta” (30).

Esta idea amplia de cultura, como expresa la misma EM, “posibilita que el ámbito de los derechos culturales incluya la identidad y la memoria, las creencias, los conceptos y las ideologías, los lenguajes, las costumbres, las tradiciones y  el patrimonio”, hecho consonante con el dato de la diversidad cultural de la sociedad paraguaya, donde  coexisten “17 idiomas, distintas religiones, usos y costumbres diferentes, así como formas múltiples de concebir y expresar el mundo” (31).

Desde esta perspectiva, la democratización cultural no pasa sólo por promover las condiciones de igualdad para acceder a la cultura, sino, y fundamentalmente, por la “expresión y el pensamiento de las propias colectividades”. Por lo tanto, los procesos culturales son momentos  y dimensiones fundamentales tanto de los proyectos de desarrollo socioeconómico, como del proceso democrático.

El concepto restringido de cultura

Según la EM, el concepto amplio no puede ser mantenido al hablar de políticas culturales. Para éstas, cabe el concepto restringido, el referido a las políticas culturales, entendido como el “conjunto de criterios y proyectos sistemáticamente adoptados por el poder público para promover, regular y proteger procesos, bienes y servicios culturales.” (32). El Estado, a través de las políticas culturales y en función a los objetivos nacionales, regula, determina criterios, orienta e impulsa determinados haceres para compensar los desequilibrios que produce el mercado; mientras que toma partido por aquellos rezagados,  apuntala aspectos que requieren apoyos, y señala determinadas direcciones que coinciden con diferentes proyectos de desarrollo.

Las políticas culturales corresponden a un sentido restringido, porque la Ley evita (¿prohibe?) el intervencionismo público en materia cultural. “El Estado no puede intervenir en las maneras de pensar, sentir, comer, vestir, etc. de los particulares. Las políticas culturales no pueden recaer sobre los mecanismos íntimos de la significación colectiva, ni pueden involucrar las zonas subjetivas de la producción cultural” (33).

El proyectista de la Ley sigue a Joaquin Brunner, al afirmar que las políticas culturales se circunscriben a las dimensiones macrosociales y públicas (34), así como a los procesos institucionales, “a través de los cuales la cultura es elaborada, transmitida y consumida de maneras relativamente especializadas. Las intervenciones estatales deben recaer sólo sobre este nivel, ya que no pueden comprometer el terreno de los microcircuitos en donde cotidianamente se trabaja el sentido” (35).

Las políticas culturales, por lo tanto, comprenden a los criterios adoptados de modo sistemático y a los proyectos diseñados orgánicamente para promover el desarrollo cultural. Presentan un carácter formal (36), pues no producen contenidos sino administran canales, circuitos y formas institucionales, ya que “no es competencia del Estado crear cultura (tarea ésta que se encuentra a cargo de la sociedad civil), sino promover condiciones aptas para su creación”. Por eso – prosigue la EM su argumentación -,  “las políticas culturales deben limitarse a garantizar la libertad expresiva y crítica, impulsar condiciones efectivas de participación, estimular la creación, proteger el patrimonio, fomentar el desarrollo del pensamiento y apoyar la institucionalización de lo cultural” (37).

La formalidad de las políticas culturales no implica pasividad, sino “todo lo contrario”. Aquellas deben asegurar las bases necesarias para un desarrollo cultural democrático y, consecuentemente, alentar modelos de organización participativa;  así como corregir los desequilibrios que afecten la producción y la circulación de bienes culturales. La regulación de las industrias culturales, es un ejemplo.

Todo lo anterior, lleva a la EM a distinguir la gestión cultural para promover los derechos culturales, por un lado, y el trazado de políticas culturales, con miras a propiciar las condiciones favorables para los procesos culturales, por el otro.

La Secretaria Nacional de Cultura

La Ley instaura la Secretaria Nacional de Cultura, desprendiendo y resignificando el Viceministerio de Cultura, unidad dependiente hasta entonces, del Ministerio de Educación y Cultura. La creación, que se basa en el desprendimiento que sufre otra institución, explica el énfasis puesto en la relación, la diferencia y la interdependencia entre educación y cultura. Justificación interesante para visibilizar el concepto de cultura adoptado por la Ley: “La cultura se ocupa de los diferentes procesos de creatividad, de los imaginarios e identidades que legitiman las organizaciones sociales, de las representaciones, figuras y conceptos que articulan el sentido colectivo y de los bienes que conforman los patrimonios simbólicos nacionales. La educación no tiene por qué asumir competencia tan vasta: debe especializarse en el funcionamiento de circuitos eficaces de transmisión de los contenidos culturales” (38).

Es interesante la mención que hace la EM acerca de la tendencia mundial de otorgar autonomía institucional a los asuntos culturales, “considerada como una conquista por la moderna teoría administrativa”. En sintonía con la época, la institucionalidad emergente en Paraguay deberá ser capaz de “conciliar las políticas culturales de instituciones diversas, en el marco de los grandes objetivos nacionales” (39).

Los objetivos y las funciones de la Secretará Nacional de Cultura se organizan en tres ejes: a) la protección de los derechos culturales, b) el trazado y la aplicación de las políticas culturales y c) La descentralización de la gestión cultural y la participación en ella de sectores diversos de la sociedad civil.

Los dos primeros ejes pueden detallarse de la siguiente manera:

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El eje “descentralización y participación” hace alusión al tema identitario y al concepto de nación, pues la concreción de un modelo descentralizado del Estado “exige incluir el nivel cultural, ámbito en donde se constituyen las identidades sectoriales, locales y comunitarias”. La descentralización sugiere que la “administración cultural no debe ser acaparada por un poder central, concentrador de recursos y decisiones, sino apoyarse en diferentes ámbitos de autogestión sectorial y territorial. El concepto de Nación, en efecto, es cada vez menos comprendido como contenido homogéneo del Estado que como interacción de diversidades identitarias, juego inestable de fuerzas multiculturales y multiétnicas constituidas en gran parte a través de construcciones simbólicas plurales y a lo largo de un territorio disparejo. Un sistema nacional de cultura no puede, pues, basarse en la unificación de los contenidos culturales sino en la articulación de diversidades y en la coordinación de proyectos colectivos distintos” (41).

La promoción de condiciones para este cometido exige “complejos procesos, experiencias y tradiciones históricas aún no suficientemente consolidadas en nuestro medio. Muchos colectivos de agentes culturales, en efecto, actúan de manera dispersa y fragmentada y son considerados como residuos arqueológicos o configuraciones marginales no enmarcables en un proyecto moderno, no asumibles desde una perspectiva nacional. En general, tanto los sectores culturales como las comunidades indígenas carecen de formas adecuadas de representación e instancias propias de gestión” (42).

PREGUNTAS Y PISTAS A MODO DE CONCLUSIÓN

El subtitulo de este ensayo delimita sus alcances. No se trata (aún) de construir conclusiones, sino de apuntar preguntas y pistas para continuar con esta reflexión, clave para re-pensar muchos de los temas considerados como situaciones dadas del Paraguay – la sociedad, la identidad nacional, el Estado -, de modo a re-significarlas y re-orientarlas bajo el convencimiento de que son situaciones históricas, producidas, dinámicas y mutables (por acción u omisión) (43).

Hay algunas constataciones importantes. La Ley se inscribe en el proceso de resignificación de la nación, a partir del reconocimiento de la diversidad cultural y de los derechos culturales, en sintonía con los movimientos operados en la esfera internacional y con los debates intelectuales que sobre la materia se realizan en las últimas décadas. Se inscribe en un nuevo paradigma sobre la cultura, no exento de contradicciones, claro está.

La Ley Constituye una suerte de “elemento emergente” (44) dentro de un sistema estatal que, como se ha visto, ha negado la diversidad históricamente. Su promulgación y puesta en ejecución no significan la transformación inmediata de la lógica homogeneizante del Estado-nación paraguayo. El aparato estatal aún es regido por dicha lógica, aunque no goce de la misma hegemonía. El desafío que tiene la nueva institucionalidad, en su carácter de administradora de los asuntos culturales – de articular las políticas culturales del Estado (en su conjunto) – no es sólo de gestión y coordinación, sino, y  fundamentalmente, de cambio de paradigma. Y éste, es un asunto del poder.

Si bien la cultura en general, y la ley particular, aluden a varios aspectos de la sociedad paraguaya (proceso democrático, desarrollo, etc.), nuestra reflexión pone su acento en las implicancias respecto a la identidad nacional. Clara y explícitamente, la Ley se inscribe en la crítica a la nación homogénea, siendo enfática en la promoción de los derechos culturales, por su relación con el reconocimiento de la diversidad cultural de la sociedad, diversidad que, como en otras naciones-estado, ha sido negada, sino aniquilada desde los tiempos de la Colonia, o sea, antes del advenimiento del Estado nacional.

El reconocimiento de los derechos culturales y la construcción de políticas culturales desde un nuevo paradigma, se relacionan, respectivamente, con un concepto amplio y un concepto restringido. Todos (paraguayos, inmigrantes nacionalizados, indígenas) tenemos derechos culturales y el Estado debe asegurar las condiciones para su ejercicio (se recuerda que los derechos culturales son individuales y colectivos). Las políticas culturales están restringidas a promover esas condiciones, asegurando la democratización de los procesos culturales, desde la producción, hasta el consumo. Esta proposición, en un sistema capitalista,  implica generar mecanismos de regulación, compensación, fomento e incentivo, de modo a garantizar las condiciones para el ejercicio, justamente por los desequilibrios que puede producir el mercado (se recuerda que la mercantilización de los procesos culturales ocurre desde hace rato).
 
La Ley de marras es una Ley marco. Define los principios básicos, establece una institucionalidad y delinea directrices. Mucho aun debe trabajarse para “completar” un sistema institucional coherente y consecuente con los conceptos que subyacen a la Ley. La tan mentada Reforma del Estado debería sintonizar con el desarrollo de un nuevo sistema institucional en materia cultural.

La puesta en relación de esta situación (la emergencia de un nuevo paradigma en el Estado) y la reflexión sobre la nación, realizada en el marco del Seminario, me motivaron a formular las siguientes preguntas:

– ¿Cómo actualmente se está recreando la identidad nacional paraguaya? ¿Cuáles son las políticas culturales realmente existentes?
– ¿Se han generado nuevas políticas luego de la Dictadura Stronista o simplemente se siguen aplicando las mismas? Si la respuesta es afirmativa, ¿en qué consisten y bajo cuáles instituciones se desarrollan?
– ¿Cuál ha sido y está siendo la repercusión del advenimiento de las industrias culturales y la mercantilización de la cultura en el país, acrecentada geométricamente en las últimas dos décadas?
– Si la identidad es “una construcción simbólica que se hace en relación a un referente”, la cual, a su vez, se recrea permanentemente, ¿cómo sucede esta recreación y en el marco de la disputa entre cuáles actores y cuáles intereses? ¿Cómo se la recrea desde el Estado, el mercado y la sociedad civil?

La revisión de la Ley Nacional de Cultura en el marco de esta reflexión, a su vez, me motivó formular las siguientes preguntas:

– El Estado históricamente ha sido el artífice identitario de la nación. Ha tenido el monopolio de la construcción de sentido (Renato Ortiz). Ha sido y sigue siendo una “maquina cultural” (Beatriz Sarlo) por su acción u omisión. Entonces, ¿hasta qué punto el Estado no construye contenidos? ¿Cuáles son los límites y alcances de esa proposición?
– ¿Una nación plural? ¿Varias naciones en una nación-estado? ¿Cómo construir una identidad nacional articuladora de la diferencia? ¿Cuáles son las políticas culturales identitarias consecuentes con el paradigma emergente?
– ¿Cuáles son las nuevas narraciones que deberán construirse, que vengan a desplazar a  “la alianza armónica hispano-guarani” y a la caricaturización nefasta de la paraguayidad? ¿Cómo los intelectuales están construyendo las bases de una nueva narración, un nuevo nexo entre pasado y futuro.
– Si bien la Reforma Educativa ha logrado mantenerse como política de Estado, ¿cuáles son los cambios, en los más de 15 años de proceso, en lo que se refiere a las narraciones oficiales de la nación?

El “mito paraguayo” es poderoso y pruebas hay muchas. Al desconocimiento histórico de la diversidad cultural, se suma la resistencia a reconocer política e institucionalmente las transformaciones estructurales del país: población mayoritaria y tendencialmente urbana, re-distribución territorial de la población, emergencia de regiones metropolitanas, presencia transversal de medios de comunicación en la vida cotidiana, agricultura industrial extensiva y expansiva, superpoblación de PEA informal, inmigración a Europa. Pese a ellas, los actores políticos, las organizaciones sociales y el Estado actúan, se organizan y se expresan como si fuera que el país aun corresponde a las narraciones de 3 décadas pasadas. Pero la cosa se vuelve más grave al constatar que esas narraciones corresponden más a una “mitología”, que a la heterogeneidad  (pasada o presente) de la nación.

Se sabe que la “cultura” no puede responder sola a estas preguntas, y que tampoco vive aislada en la sociedad. Estas preguntas también deben hacerse a la economía, los procesos sociales y la política. Atinadamente, la Ley enuncia que las políticas culturales deben formularse y ejecutarse en el marco de los objetivos nacionales.

Resta preguntar, entonces, ¿cuáles son los objetivos nacionales?

NOTAS

1. Wolf, Eric. Europa y la gente sin historia. Fondo de Cultura Económica. México, 2005. Pag. 15.
2. Hobsbawm, Eric. Naciones y nacionalismos desde 1780. Pág. 13.
3. Creo interesante indagar en el sentido de esencia que se le inviste a nociones como nación e identidad. Se entiende el énfasis puesto en criticar la naturalización, pero a esta crítica habría que adicionar el estudio de cómo sucede la naturalización, como se recrea y cuál es su poder. Una hipótesis que me formulé analizando el caso paraguayo – cuyas políticas culturales explícitas “se quedaron en el tiempo” – es que hay un sentido común sobre lo que es ser paraguayo,  que se reproduce en las mismas prácticas sociales, habiendo o no políticas culturales identitarias.
4. Wallerstein, Immanuel (Coord).Abrir las Ciencias Sociales. Siglo XXI. México, 1999.
5. Realizado en setiembre y octubre del 2008, en Asunción.
6. Weber, Max. Economía y Sociedad. Fondo de Cultura Económica. México, 2002. Pags. 315-324
7. Libros sugeridos por Gorosito: De Hobsbawm, Eric: Naciones y nacionalismo desde 1780. Barcelona, Crítica, 1991. (Introducción, Cap. 1 y 6); Etnicidad y nacionalismo en Europa hoy. En: A. Fernández Bravo (comp.): La invención de la nación. Lecturas de la identidad de Herder a Homi Bhabha. Buenos Aires, Manantial, 2000. (173 a 184); y Sobre la Historia. Barcelona, Crítica, 1998.
8. Bartolomé, Miguel A.: “Afirmación estatal y negación nacional. El caso de las minorías nacionales en América latina”. En: Suplemento Antropológico, Vol. XXII N° 2, Asunción, diciembre 1987. Universidad Católica. (Pág. 7 a 43).
9. Apuntes del seminario
10. Siguiendo a Miguel Bartolomé, “etnia es una categoría clasificatoria exógena utilizada para designar a un variado tipo de agrupaciones lingüísticas o culturales o ambas. No es un término que ningún grupo humano utilice para designarse a sí mismo, sino que es adjudicado a aquellas colectividades humanas diferenciadas por la lengua, la cultura o la organización política. Por lo general, se trata de configuraciones linguísticas y culturales cuya lógica política no se relaciona con el desarrollo de estados unitarios y en cuyos sistemas organizativos juega un papel relevante el parentesco u otras formas asociativas tales como las corporaciones o las jefaturas… históricamente utilizado por parte de los habitantes de los estados para designar  las sociedades sin estados “modernos”…  en su acepción contemporánea es una categoría clasificatoria generada por las sociedades estatales para designar a las que no lo son..”
11. Ver: Renan, E.: ¿Qué es una nación?. En: Fernández Bravo (Ob. Cit.) (53 a 66). Y, Von Herder, J. F.: Genio nacional y medio ambiente. En: Fernández Bravo (Ob.cit). (27 a 52)
12. Anderson, B.: Comunidades Imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. México, FCE, 1993.
13. Otros autores sugeridos por Gorosito al respecto, son Appadurai, J: La modernidad desbordada. Dimensiones culturales de la globalización. Buenos Aires/Montevideo, FCE/Trilce, 2001. (Prólogo y Parte 1: pág. 11 a 98); y Harvey, David: La condición de la posmodernidad. Investigación sobre los orígenes del cambio cultural. Buenos Aires, Amorrortu, 1998. (pág. 141 a 380).
14. Ortiz, Renato: Otro territorio. Ensayos sobre el mundo contemporáneo. Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 1996. Este apartado está basado en el ensayo “Identidad y  modernidad mundo”, incluido en este texto.
15. Idem.
16. Ortiz, Op. Cit.
17. Idem
18. Idem.
19. Idem
20. El tan mentado esencialismo de la identidad nacional debería ser objeto de análisis en lo que a su efecto social se refiere. La naturalización – no hay peor error para el cientista social, ni mayor desafío el desvelarla  – de la identidad nacional y de la nación es, en buena medida, “real” ¿Acaso a cada nacido no le dicen de que nacionalidad (léase, naturaleza) es?  Los Estados recuerdan a cada quien si es propio o extraño al querer cruzar la frontera, ejercer derechos o cumplir obligaciones. La marca de origen, salvo para los desarraigados precoces, parece ser biológica. La naturalización se hace sentido común y éste contenido de instituciones y agentes sociales. Hay si se quiere una reproducción permanente, habiendo o no una política cultura explicita al respecto. Todo este comentario es a modo de formulación de preguntas para dar continuidad a la reflexión.
21. Desde entonces, otros convenios internacionales han sido promulgados por las Naciones Unidas, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, Convención sobre los Derechos del Niño, Convención universal sobre derecho de autor, etc. La UNESCO, por su lado, ha promulgado la Convención sobre la protección del patrimonio mundial, cultural y natural y, más recientemente, la Convención sobre la promoción y protección de la expresión de la Diversidad Cultural. Todos estos convenios, entre otros existentes, han sido ratificados por el Estado Paraguayo. Ver el Digesto Cultural del Paraguay publicado recientemente por la Corte Suprema de Justicia.
22. Symonides, Janusz. Derechos culturales: una categoría descuidada de derechos humanos. http://www.unesco.org/issj/rics158/symonidesspa.html
23. Idem.
24. La elaboración del proyecto realizada con financiamiento del Banco Interamericano de Desarrollo. Ticio Escobar, intelectual y referente en temas culturales del país, fue el proyectista.  La presentación hecha de la Ley, se basa en el texto promulgado por el Legislativo en el 2008, así como en la Exposición de Motivos escrita por el proyectista que, lamentablemente, no fue incorporado a la ley promulgada, perdiendo así la posibilidad de convertirse en “documento oficial”.
25. Patricio Dobree escribió dos artículos consecutivos, 2007 y 2008, sobre la Ley en el marco del Informe de Derechos Humanos del Paraguay, publicados por la Codehupy. Los derechos culturales y las nuevas responsabilidades del Estado. En Codehupy, Informe de Derechos Humanos del Paraguay (2007) y Derechos culturales: Dificultades para su institucionalización.
26. Escobar, Ticio (investigador y proyectista de la Ley). Exposición de motivos de la Ley de Cultura.
27. La Exposición de Motivos de la Ley expresa: “el desarrollo social no alcanzaría a ser sustentable sin la participación de los componentes simbólicos, expresivos e imaginarios aportados por la cultura. Mediante éstos, se consolidan factores básicos de identidad colectiva y cohesión social y se afirman horizontes comunes de sentido que posibilitan una concepción integrada de desarrollo”.
28. Precede a la promulgación de esta Ley, el Ministerio de Educación y Cultura. La relación entre cultura y educación está, por lo tanto, enfatizada, habida cuenta de este contexto institucional. Con la promulgación de la Ley, el Viceministerio de Cultura, dependiente del Ministerio Citado, se desprende del mismo y pasa a formar parte de la novel institucionalidad que nace con la ley de marras: la secretaría nacional de cultura. La EM expresa: Aunque los ámbitos de la educación y la cultura supongan a nivel administrativo lógicas particulares y exijan, por ello, tratamientos orgánicos diferenciados, deben ambos responder a políticas coordinadas a nivel estatal; sin estar alimentados de contenidos culturales los procesos educativos devendrían meras tareas de alfabetización”.
29. Escobar, Op.Cit.
30. Idem.
31. Idem.
32. Art. 3 de la Ley. Los procesos culturales están constituidos por la creación, circulación, y utilización de bienes culturales.
33. Escobar. Op.Cit.
34. Brunner, José Joaquín. América Latina: cultura y modernidad. Grijalbo. México, 1993. Citado por Escobar en la EM.
35. Escobar. Op.Cit.
36. Es por eso que se habla del papel adjetivo y formal de las políticas culturales: éstas no producen los contenidos sustantivos de los procesos culturales; no generan la materia de tales procesos sino que promueven las formas y circuitos que canalizarán los contenidos producidos socialmente.
37. Idem
38. Idem
39. El artículo 9º de la Ley “sienta las bases para una mayor coherencia de la institucionalidad de los asuntos culturales. Diferentes organismos estatales cumplen funciones relativas a tales asuntos en forma esparcida y desconectada, al margen de cualquier sistema que coordine su objetivos en políticas coincidentes”.
40. Estos derechos culturales corresponden a los artículos constitucionales de la Carta Magna paraguaya, y que son citados en la EM de la Ley. Los mismos pueden ser ampliados o expresados de forma varada al considerarse los tratados internacionales, como el  más recenté: La Convención de la Unesco sobre la Diversidad, ratificada por el Estado paraguayo.
41. Idem
42. Idem
43. Beatriz Sarlo recuerda que “hoy, si algo puede definir a la actividad intelectual, sería precisamente la interrogación de aquello que parece inscripto en la naturaleza de las cosas, para mostrar que las cosas no son inevitables (…) Examinar lo dado con la idea de que eso dado resultó de acciones sociales cuyo poder no es absoluto: lo dado es la condición de una acción futuro, no su límite. En Escenas de la Vida Posmoderna. Ariel. Buenos Aires, 1994.
44. Se utiliza el concepto bajo la acepción que le da Raymond Williams.

BIBLIOGRAFÍA

• Anderson, B.: Comunidades Imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. México, FCE, 1993
• Bartolomé, Miguel A.: “Afirmación estatal y negación nacional. El caso de las minorías nacionales en América latina”. En: Suplemento Antropológico, Vol. XXII N° 2. CEADUC. Asunción, 1987.
• Dobrée, Patricio. Derechos culturales. Dificultades para su institucionalización. En Codehupy, Informe de Derechos Humanos del Paraguay. Asunción, 2008.
• Dobrée, Patricio. Los derechos culturales y las nuevas responsabilidades del Estado. En Codehupy, Informe de Derechos Humanos del Paraguay. Asunción, 2007.
• Escobar, Ticio. Exposición de Motivos de la Ley Nacional de Cultura. Asunción, 1997. Inédito.
• Hobsbawm, Eric. Naciones y nacionalismo desde 1780. Crítica. Barcelona, 1991
• Ortiz, Renato: Otro territorio. Ensayos sobre el mundo contemporáneo. Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 1996
• Sarlo, Beatriz. Escenas de la Vida Posmoderna. Ariel. Buenos Aires, 1994.
• Symonides, Janusz. Derechos culturales: una categoría descuidada de derechos humanos. http://www.unesco.org/issj/rics158/symonidesspa.html
• Wallerstein, Immanuel (Coord).Abrir las Ciencias Sociales. Siglo XXI. México, 1999.
• Weber, Max. Economía y Sociedad. Fondo de Cultura Económica. México, 2002
• Wolf, Eric. Europa y la gente sin historia. Fondo de Cultura Económica. México, 2005

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