Representaciones de la nacionalidad en una familia de migrantes

28Feb09

argentina

Por Patricio Dobrée (patricio@cde.org.py)

Puntos de partida

Este breve ensayo tiene como finalidad presentar una somera aproximación al tema de las migraciones desde la perspectiva de la antropología política. Nuestra intención específica consiste en observar en qué medida podrían producirse transformaciones en las representaciones sobre la nacionalidad dentro del núcleo familiar cuando un o una de sus integrantes deja su país de origen para radicarse en otro contexto social. Partimos del supuesto de que la idea de la nacionalidad, como toda construcción social, no constituye un concepto cuyo significado posea determinaciones fijas y estables, sino que se encuentra marcado por coyunturas históricas y sociales particulares. Eso quiere decir que sus sentidos pueden variar según se transforman las condiciones del mundo social y de los individuos que lo componen.

La principal fuente de información para este trabajo ha sido doña Gregoria Fernández. Ella nació en Paraguay hace 53 años y migró a Buenos Aires (Argentina) en 1996, hace 13 años. En este país trabajó en el sector del servicio doméstico durante 6 años hasta que la muerte de su hermana y su madre la obligó a regresar en 2002 al Paraguay, donde actualmente vive, para ocuparse del cuidado de su padre. La experiencia migratoria de Doña Gregoria marcó con fuerza su vida y la de su familia. Ella viajó por primera vez a Buenos Aires por recomendación de su hermano, quien ya trabajaba en dicha ciudad desde hacía algunos años. La intervención de su hermano, y principalmente de su esposa, la cuñada de Doña Gregoria, fue fundamental para que ella pudiera adaptarse al nuevo lugar y conseguir un empleo. Posteriormente, doña Gregoria alentó a su hijo e hija para que también migren a Buenos Aires. Ambos lo hicieron, formaron una familia y se radicaron en la capital argentina, excepto la hija que tiempo más tarde también regresó a Paraguay.

Obviamente, el testimonio de Doña Gregoria no agota todo el espectro de posibilidades que pueden darse respecto a las representaciones de los migrantes paraguayos sobre el tema de la nacionalidad. Tampoco es posible afirmar con seguridad que su experiencia constituya un caso paradigmático de estos procesos sociales. Más bien, como señalamos al comienzo, se trata de una primera aproximación al problema que podría ofrecer sugerencias y preguntas para desarrollos futuros.

 
Sobre la nación

El concepto de la nación constituye una construcción moderna elaborada en el marco de las etapas iniciales del desarrollo del capitalismo como modo de producción hegemónico de Occidente. Benedict Anderson ha definido la nación como “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana” (2005: 23). La idea de la comunidad remite aquí a un conjunto de individuos que, más allá de sus diferencias de clase y otras formas de desigualdad, se imaginan a sí mismos como integrantes de una misma totalidad que a la vez se distingue de otras comunidades o naciones. Por otra parte, dentro de su imaginario, este grupo confía en su poder para decidir de modo autónomo sobre su propio destino. Esta definición, ya clásica dentro de los estudios de la antropología política, pone acento en el carácter ideológico de la nación. En tal sentido, se trata de una entidad histórica creada fundamentalmente a través de dispositivos de difusión de ideas, tales como los periódicos o las novelas, que permiten experimentar una idea de colectividad simultánea y homogénea. 

Ahora bien, como indica Miguel Bartolomé (2006), el aparato estatal también ha cumplido un rol fundamental en la construcción de las naciones. Los Estados occidentales impusieron sistemas normativos legales que en términos abstractos “unificaron a la población ante las leyes, construyéndola como una ciudadanía, en la que a cada uno de sus miembros se le podría adjudicar un predicado unívoco” (2006: 142-143). Pero como este antropólogo remarca, en Latinoamérica esta operación se realizó bajo el poder coercitivo de los sectores criollos dominantes que, habiéndose instalado en las nuevas formaciones estatales, proyectaron agrupar colectividades humanas heterogéneas dentro de los márgenes de naciones pretendidamente homogéneas. Este movimiento se configuró dentro de una lógica de la asimilación o la eliminación de las diversas etnias preexistentes a los estados modernos latinoamericanos. Sin embargo, pese a todo el despliegue de fuerza bélica e ideológica que ejercieron, estas políticas expansionistas no pudieron borrar por completo las distintas diversidades étnicas presentes en los territorios donde actuaron. Aún hoy, en este aspecto, los numerosos procesos de etnogénesis en curso demuestran la variedad de identidades que superponen y entran en conflicto dentro del marco de las naciones (1).

Para poder afianzar sus aspiraciones totalizadoras, los sectores nacionalistas han apelado a lo que Nicolás Shumway (1995) ha denominado ficciones orientadoras. Estos relatos o discursos tienen como propósito desarrollar un sentimiento de pertenencia englobado en las ideas de lo nacional y de un destino común y actúan como mitologías que sirven para legitimar determinados órdenes políticos. La objetivación de estas ficciones orientadoras, que como dice Shumway no pueden ser probadas y tienen un carácter puramente artificial, se da en tradiciones folclóricas, fiestas religiosas, historias y héroes nacionales, símbolos patrios, novelas y otros emblemas nacionales.

En razón de estas sucintas referencias, es posible entonces identificar el vínculo que guarda el concepto de la nación con las representaciones sociales derivadas de la cultura dominante. Cuando hablamos de representaciones sociales debemos entenderlas como sistemas cognitivos, compuestos por estereotipos, opiniones, creencias, valores y lógicas clasificatorias, entre otros elementos, que tienen una fuerza normativa e instituyen los límites y posibilidades para nuestras interpretaciones del mundo y actuaciones en el mismo (Araya Umaña, 2002). Así, la idea de nación, de una comunidad imaginada, con todas sus derivaciones, se convierte también en uno de los contenidos transmitidos y a la vez recreados a través de la cultura. La imagen de la nacionalidad, por consiguiente, constituye uno de los elementos simbólicos que se transfieren a través de los distintos agentes sociales encargados de la reproducción y la producción cultural; y entre ellos, como se verá a continuación, uno de los más relevantes puede ser la familia.  

 
Familia y transmisión de símbolos

La literatura sociológica y antropológica ha dedicado una profunda atención al estudio de las familias prácticamente desde sus inicios como ciencias autónomas. Algunos de los padres fundadores de la sociología francesa, como Tocqueville, Comte, Le Play y Durkheim, por ejemplo, investigaron las familias con el propósito de analizar la sociedad de su tiempo. Estos sociólogos creyeron encontrar una relación de correspondencia entre las normas que operaban dentro del ámbito doméstico con aquellas que regulaban el funcionamiento de lo social, convirtiéndose el primero en un observatorio privilegiado para estudiar la sociedad en general (Cecchelli – Pugeault y Cecchelli, 1999). La antropología también dirigió de modo temprano su mirada hacia el núcleo familiar, concentrando su interés en las relaciones de parentesco. En los comienzos de la disciplina, los estudios de Lewis Morgan (1993), entre otros aspectos, tuvieron en cuenta las formas de organización familiar y su relación con el sistema de propiedad.  

Entre la amplia variedad de significados atribuidos a esta institución social desde distintos enfoques, puede tomarse como definición operativa el concepto elaborado por Elizabeth Jelin, quien ha caracterizado la familia de la siguiente manera:

La familia es una institución social anclada en necesidades humanas universales de base biológica: la sexualidad, la reproducción y la subsistencia cotidiana. Sus miembros comparten un espacio social definido en términos de relaciones de parentesco, conyugalidad y patermaternalidad. Se trata de una organización social, un microcosmos de relaciones de producción, reproducción y distribución, con su propia estructura de poder y fuertes componentes ideológicos y afectivos. Existen en ella tareas e intereses colectivos, pero sus miembros también tienen intereses propios diferenciados, enraizados en su ubicación en los procesos de producción y reproducción” (Jelin, 2005: 5).

Partiendo de los rasgos básicos de esta unidad, consideramos relevante ahora detenernos en algunos aspectos puntuales que han sido remarcados por los estudios antropológicos. Uno de ellos tiene que ver con la condición relacional de la familia; es decir, con las redes sobre las que se articula la institución familiar. En tal sentido, dentro de los estudios sobre el parentesco, uno de los aportes más reconocidos ha sido el de Claude Lévi-Strauss (1991). De acuerdo con este antropólogo, la familia funda el mundo social debido a que como sistema de alianzas crea condiciones de posibilidad para que exista la sociedad humana. Los vínculos familiares, en este marco interpretativo, son concebidos como relaciones de intercambios y de reciprocidad que se articulan como un lenguaje. Lévi – Strauss introduce la noción del tabú del incesto para señalar que la familia no pertenece a un orden natural, sino que es producto de un orden cultural. La presencia de esta prohibición determina la existencia de la sociedad ya que exige la existencia de dos familias abiertas a intercambios por interdicción del incesto para asegurar la reproducción. Lo que interesa remarcar aquí es que el átomo de parentesco no está formado sólo por el padre, la madre y los hijos e hijas, sino se agrega un elemento externo que es el hermano de la madre, quien ha cedido a su hermana en un contexto marcado por la reciprocidad. La inclusión de este elemento externo en el átomo de parentesco revela el carácter relacional que tiene la familia y, por consiguiente, su utilidad para la formación de redes.

Otra cuestión relevante asociada con la familia tiene que ver con los contenidos simbólicos que transmite y recrea. Vania Salles (1991) ha analizado la familia no sólo como una unidad de reproducción biológica o de producción económica, sino también como una unidad de producción y reproducción simbólica. Su enfoque hila los vínculos existentes entre la familia y la comunidad y busca identificar sus mutuas determinaciones. En este sentido, la familia es tomada como un “ámbito de creación de símbolos, de formas de convivencia y estilos de vida” (1991: 68) que, aún cuando se encuentre dentro de un marco social e histórico específico que influye sobre ella, constituye también un espacio donde sus integrantes actúan con cierta autonomía. Dicho de otro modo, el espacio familiar es determinado por el mundo social tanto como colabora con su fundación.

Entonces, si la familia es una institución social abierta que se articula sobre redes y es transmisora y creadora de contenidos simbólicos, entonces puede afirmarse que en su seno también se transmiten y se recrean algunos de los sentidos asignados a la nacionalidad.

 
La inserción de migrantes

Aunque poco sistematizadas, las teorías sobre las migraciones han tenido un despliegue bastante amplio en las últimas décadas, tanto desde enfoques macrosociales como microsociales. Ello se debe, entre otros aspectos, al creciente interés que ha generado el fenómeno a partir de los intensos movimientos de personas en un contexto de globalización, aún cuando estos flujos no constituyan un hecho para nada novedoso en la historia de la humanidad. Sin pretender abarcar este vasto espectro de aproximaciones teóricas, aquí nos interesa detenernos en aquellas categorías que podrían ayudar a comprender las consecuencias de la migración desde una perspectiva microsocial. Dicho de otro modo, nuestro propósito consiste en entender cómo se transforman o no las representaciones sobre la nacionalidad en una persona migrante y en su familia.

Esta intención nos introduce en el debate sobre la aculturación, que es un concepto con larga data dentro del campo de la antropología. A grandes rasgos, en este caso, la aculturación se refiere al proceso de aprendizaje y adopción de los modos de vida de la sociedad receptora por parte de las personas migrantes. Sin embargo, esta perspectiva resulta demasiado limitada e impide observar las complejas transformaciones que acontecen cuando dos culturas entran en contacto. Más que una asimilación pasiva de nuevos contenidos simbólicos, es relevante saber identificar los mutuos intercambios producidos.

Un abordaje que puede ayudar a comprender este fenómeno es el modelo de inserción migratoria desarrollado por Mármora (1976, citado por Herrera Carassou, 2006). De acuerdo con este autor, el contacto social entre un migrante y la sociedad receptora puede producir integración o marginación, sin que ninguna de estas situaciones se presente en forma pura. La integración se da mediante la participación activa del migrante y la inserción de sus elementos culturales a través de diversos ejercicios de creatividad y resignificación. Por ejemplo, sería factible afirmar que existe una participación activa cuando la comunidad paraguaya asentada en Buenos Aires introduce la venta de chipa en las inmediaciones de la terminal de ómnibus ubicada en Retiro, enriqueciendo los hábitos alimenticios de algunos porteños. La marginalidad, en cambio, se produce cuando el individuo se restringe a consumir pasivamente los contenidos culturales ya existentes en el medio donde se inserta. La posibilidad de que prevalezca una u otra alternativa, además de estar relacionada con la capacidad del sujeto migrante, también se vincula con elementos facilitadores u obstaculizadores que presenta la sociedad receptora en diferentes sectores (social, cultural, económico, ecológico y político). Estos factores, por otra parte, no son estáticos, sino se encuentran definidos por un marco social, económico e histórico particular.

Si la experiencia migratoria transforma el horizonte de sentido del migrante, ya sea de modo activo o pasivo, entonces también podrían ser afectadas sus representaciones sobre esa comunidad imaginada que es la nación. Lo mismo podría decirse con respecto a los demás integrantes de su familia. Al respecto, debemos recordar aquí lo que Vania Salles (1991) indicaba acerca del rol del grupo familiar como agente creador y transmisor de símbolos y relacionarlo con la importancia que tienen las redes familiares en la formación y mantenimiento de los flujos de migraciones entre un lugar de origen y un destino.

 
Entre el Paraguay y la Argentina

Cuando doña Gregoria migró a la Argentina, algunas de las ideas que tenía sobre éste país y el propio comenzaron a cambiar. Antes de trasladarse, como muchas otras personas, ella creía que el Paraguay le ofrecía relativamente todo lo que necesitaba y que la Argentina era un país con muchos problemas. Principalmente, esta imagen se había formado a través de la influencia de los programas de televisión rioplantenses que veía por los canales de la televisión por cable. Pero aún con las vicisitudes que experimentó durante sus inicios como trabajadora del servicio doméstico en Buenos Aires, pronto comenzó a sentir cierta empatía con su nuevo lugar de residencia. Hoy en día doña Gregoria afirma con convicción que su corazón se encuentra partido en dos entre el Paraguay y la Argentina e incluso sostiene que, si pudiera hacerlo, ella regresaría a Buenos Aires.

Esta variación en la percepción de doña Gregoria podría ofrecernos algunas ideas sobre la cuestión de la nacionalidad. Como ya se mencionó, Anderson (2005) piensa que la nación es una comunidad política imaginada donde un nosotros se define en oposición a unos otros. En consecuencia, dentro de esta concepción cobra importancia el concepto del límite o frontera. Ahora bien, cabe preguntarse sobre las características de estos límites en el caso de los migrantes que cruzan las fronteras para instalarse en otras sociedades o hasta en otras culturas ¿Se conservan estas líneas divisorias imaginarias? ¿Se fortalecen para reafirmar una identidad o, por el contrario, se difuminan con el propósito de alcanzar mejores adaptaciones a la nueva realidad? ¿Cómo se configuran las representaciones sobre la nacionalidad?

El testimonio de doña Gregoria nos sugiere que las cosas podrían no ser tan sencillas como parecen. A lo largo del relato sobre su vida en la Argentina estos límites se desvelan y ocultan de modo permanente, según las circunstancias a las que se esté refiriendo. Sería factible afirmar entonces que dentro de su mundo de vida los límites de la nacionalidad parecen haber tenido un carácter quizás intermitente e instrumental. Algunos ejemplos pueden ayudarnos a comprender mejor esta hipótesis. Después de haber vivido un tiempo más o menos prolongado en el extranjero, doña Gregoria a veces reniega de su país de origen, argumentando que ha ido “de mal en peor”. Su crítica básicamente se refiere al deterioro social y a la creciente inseguridad que ella percibe. La Argentina, en cambio, se presenta dentro de su discurso como una sociedad cargada de promesas de bienestar, estado que ella misma dice haber podido experimentar durante su estancia. Las diferencias que observa tienen un correlato en el modo en que ella se presenta a sí misma. Aunque se reconoce como paraguaya, doña Gregoria hace un esfuerzo para incorporar una tonada y modismos propios del Río de la Plata en el uso del lenguaje. Frente a la mirada de un observador, resulta bastante evidente que se trata de una operación de borrado más o menos intencional de su nacionalidad para presentarse según las pautas de otra diferente. Doña Gregoria lo reconoce y bromeando dice: “Yo cuando quiero hablo el idioma de ellos. Su idioma me gusta. Y me dicen ellos «¿Cuándo volviste kurepa? »” (2).

Pero en otras ocasiones doña Gregoria ha acudido a una estrategia inversa. En estos casos reafirma su nacionalidad paraguaya con orgullo y destaca algunos elementos de los que se ufana y que pueden otorgarle cierto reconocimiento. Por ejemplo, una vez ella se percató de que una de las camisas de las personas para las que trabajaba había sido fabricada por una prestigiosa marca paraguaya. Este hallazgo le dio la oportunidad de jactarse acerca de su calidad frente a sus empleadores. Lo mismo sucedió en otras ocasiones con las comidas paraguayas que doña Gregoria solía preparar para momentos especiales. No sería demasiado aventurado decir que estos detalles, minúsculos para el mundo social en general, aunque muy importantes para ella, actúan como emblemas de una nacionalidad reivindicada y que en determinadas circunstancias es fuente de presunción.  

A su vez en la demarcación de límites cabe una tercera posibilidad. En este caso las líneas divisorias vienen marcadas desde afuera; es decir, es otro actor quien los traza sin mucha participación del migrante. Por lo general, estos casos ocurren cada vez que se ponen en funcionamiento dispositivos de segregación como los estereotipos, el miedo a lo desconocido o la necesidad de buscar responsables frente a situaciones desfavorables, como el desempleo. Cuando estos resortes se activan con frecuencia derivan en diferentes formas de discriminación hacia los migrantes (3). Doña Gregoria también pudo experimentar esta dura realidad en más de una ocasión. Ella recuerda cómo su condición de paraguaya fue subrayada por un hombre con quien formó pareja, que constantemente tomaba como objeto de desconfianza el uso del guaraní y manifestaba su incomodidad frente a las costumbres de su familia. Este hombre, según doña Gregoria, de modo permanente se ocupaba de recordarle su nacionalidad paraguaya a través de comentarios denigrantes.    

En caso que estas mínimas referencias pudieran alcanzar algún grado de generalización, ello significaría que para los migrantes el sentimiento de pertenencia a una cierta nacionalidad sería bastante más laxo y variable que en otros casos. La porosidad y flexibilidad de sus límites permitiría ajustar la nacionalidad a la coyuntura específica del sujeto y utilizarse como un elemento de canje de acuerdo a sus intereses. El sentimiento de pertenencia a una determinada nación, por otra parte, también sería el resultado de las gramáticas de interacción con otros sujetos sociales. La identidad nacional entonces no constituiría un dato fijo determinado por el nacimiento y la socialización dentro de una determinada cultura, sino más bien un proceso de construcción y deconstrucción que se negocia constantemente según variables internas (motivaciones de la persona, expectativas, capacidades, relaciones de parentesco, entre otras) y externas (coyunturas sociales, políticas y económicas de los países de origen y destino, influencia de otros actores).

 
Familia y ficciones orientadoras

Como hemos visto, las redes de parentesco cumplen un papel fundamental en el proceso migratorio. Además de establecer circuitos que habilitan condiciones para el movimiento de personas, también actúan como un soporte para la transmisión de los símbolos que producen y reproducen la cultura. Esto implica la difusión de ideas referidas a la nacionalidad o aquello que Shumway (1995) ha denominado ficciones orientadoras. Pero al tratarse de canales que ponen en contacto dos horizontes de significado distintos, es muy probable que tiendan a contaminarse mutuamente a través de numerosos intercambios.

Esto, al menos, parece haber sucedido con la familia de doña Gregoria. La migración de su hermano mayor hacia la Argentina y, posteriormente, la suya y la de sus hijos, ha posibilitado una cierta reconfiguración de los horizontes de sentido a partir de los cuales asignan un significado a la nacionalidad. En este proceso de transformaciones se han instalando ideas compartidas por la familia sobre aquello que algunos llaman la argentinidad o la paraguayidad. Tales visiones podrían formar parte de esas ficciones orientadoras que los ayudan a construir sus identidades.

Una de estas ficciones, como ya hemos visto, tiene que ver con las representaciones sobre las oportunidades que ofrecen ambos países. La Argentina es concebida por lo general como un espacio de redención, donde es posible obtener un trabajo bien remunerado y en condiciones más justas que posibilitará a la larga un ascenso social. El Paraguay, en cambio, es el lugar donde tendrán que adaptarse a situaciones cada vez más difíciles. En cierta manera, estas ficciones han influido bastante sobre la decisión de migrar. Cuando doña Gregoria se trasladó a Buenos Aires, por ejemplo, lo hizo a instancias de las recomendaciones de su hermano, quien remarcó que el trabajo que ella realizaba por aquel entonces – era cocinera de una comisaría – “no era de su palo” (4). Actualmente también su hijo ya radicado en Argentina insiste de modo recurrente que regrese a la capital de este país donde le asegura que vivirá mejor. Desde la perspectiva de doña Gregoria trabajar en la Argentina efectivamente representa un modo de mejorar sus condiciones de vida. Ella sostiene convencidamente que el trato recibido por las personas que la emplearon en Buenos Aires era más justo y considerado que el de sus pares en Paraguay. Incluso lo interpreta como una señal de un relativo ascenso en la escala social. “No era una empleada. Era como una ama de llaves”, remarca doña Gregoria al referirse a las responsabilidades que le otorgaban. Obviamente, en estos casos los discursos de la familia han soslayado otras realidades como la falta de seguridad social, el trabajo sin retiro del hogar y las dificultades para ejercer sus derechos al no contar con documentos, entre otros factores que comparativamente con las condiciones laborales del Paraguay parecen no tener mayor relevancia desde su mirada.

Otras de las ficciones que orientan las representaciones sobre nacionalidad se refieren a las características del mundo social en uno y otro país. Para doña Gregoria el ser argentino o argentina tiene significados un poco paradójicos. Por un lado, destaca la anomia y los lazos despersonalizados que según su punto de vista se dan en la capital porteña, lo cual permite a las personas emanciparse de las miradas más inquisitivas propias de contextos con vínculos comunitarios más arraigados y mayor control social. Pero, por otro lado, también se refiere con admiración a la capacidad de los argentinos para actuar de modo colectivo y solidario ante las situaciones de crisis, tal como ella lo experimentó durante los tiempos donde los levantamientos piqueteros fueron frecuentes y en los que ella participó de modo activo. Dicho de otro modo, parecería que doña Gregoria y sus familiares construyen imaginariamente la nación argentina a través de representaciones que contienen los atributos propios de un lugar ideal, o al menos mejor, donde vivir. Estas imágenes se refuerzan cuando ella y su hermano manifiestan valorar la seguridad con la que supuestamente se vive en Argentina a diferencia de Paraguay.

Resumiendo, la familia parece constituir una importante red donde circulan, se reprochen y también se transforman algunos de los símbolos que forman las ficciones orientadoras de la nacionalidad. En este caso, hemos rescatado algunas imágenes que, sin tener el impacto de simbologías más fuertes como los mitos, las fiestas o los emblemas nacionales, constituyen pequeños aportes que colaboran desde su cotidianeidad con la construcción de una comunidad imaginada. La diferencia con los planteamientos de autores como Anderson y Shumway consiste en que los sujetos portadores de estos símbolos se ubican en los márgenes de estos horizontes de representación, en una posición de bisagra que les permiten entrar y salir de un mundo a otro ya sea por propia conveniencia o por las determinaciones del contexto o de otros actores.

 
Puntos de llegada

La historia de doña Gregoria y de su familia constituye un pequeño caso de migrantes cuyas representaciones sobre la nacionalidad se han transformado en el proceso de traslado de un contexto social a otro. Si bien, como se suele afirmar con frecuencia, el despliegue de las fuerzas globalizadoras ha exacerbado algunos procesos nacionalistas que reafirman identidades con anclajes simbólicos más o menos densos, en este caso el movimiento de personas ha relativizado o al menos puesto en cuestión los sentimientos de pertenencia a una comunidad específica. Desde la perspectiva de doña Gregoria, formar parte de una determinada comunidad no parecería tener tanto que ver con tradiciones o mitos ancestrales, sino más bien con motivos más pragmáticos y concretos para su vida. Claro está que ello no significa renunciar a sus orígenes – que son construcciones imaginarias también –, donde en algunas ocasiones puede encontrar motivos para sentirse orgullosa. Pero estos vínculos no le impiden desplazar sus sentimientos e identificaciones hacia otros horizontes de sentido según sus necesidades y deseos.

La migración, por consiguiente, no sólo constituiría un movimiento objetivo de personas, sino además un descentramiento de significados producido mediante el intercambio de símbolos. Las naciones, entendidas como en este caso como horizontes simbólicos, una vez más ponen en escena sus límites porosos. Pero aún así, ello no quiere decir que de modo paralelo dejen de levantarse otros muros sociales, como aquellos que producen diversas formas de discriminaciones. Dichas barreras marcan diferencias y desigualdades en el acceso a los recursos y el ejercicio de los derechos dentro de las sociedades receptoras. El problema, en estos casos, quizás consista en que para aquellos y aquellas migrantes que se han desplazado por motivos económicos no existan suficientes alternativas. Su propia percepción del mundo, determinadas por las imágenes de la falta de oportunidades en sus sociedades de origen, podría hacer que tales limitaciones resulten mucho menos graves y difíciles en comparación con otras realidades que les ha tocado vivir. Pero al mismo tiempo cabe la posibilidad que nuevas experiencias en la escena pública de las sociedades receptoras también proporcionen otros contenidos sobre los derechos ciudadanos, aunque lamentablemente este no sea el caso de doña Gregoria, quien, sentaba bajo un retrato del dictador Stroessner, finalizaba la entrevista diciendo que “antes se vivía mejor”. Esta paradoja final podría estar indicando que, por debajo de la superficie de algunas transformaciones respecto a los sentidos de la nacionalidad, continuarían actuando, probablemente de modo sigiloso, otros símbolos más fuertes.

 
Notas

1. En el marco de los estudios subalternos, Partha Chatterjee (2008) ha criticado la posición de Anderson, señalando que las comunidades imaginadas se fundamentan en un concepto de espacio-tiempo vacío propio de la utopía capitalista. En los hechos, según este el politólogo indio, el tiempo es denso y heterogéneo, lo cual supone la coexistencia de diversas lógicas y modos de representar el mundo dentro del campo social, que no necesariamente se ajustan a las coordenadas de la modernidad.

2. Expresión en guaraní que se utiliza para referirse de modo despectivo a las personas argentinas. Proviene de la palabra ‘kurepi’, que literalmente significa “cuero de chancho”. Según se dice, durante la guerra contra la Triple Alianza los soldados argentinos usaban botas de cuero de chancho y de ahí proviene el vocablo.

3. Por otra parte, también es importante considerar la “segmentación étnica” del trabajo que, de acuerdo con Wolf (2006), genera el modo de producción capitalista. A grandes rasgos, este antropólogo sostiene que el capitalismo promueve el flujo de migrantes, crea sociedades heterogéneas en función a una lógica de la división del trabajo y produce jerarquías según el origen étnico de las personas. Estas jerarquías, naturalizadas desde el plano simbólico, muchas veces actúan como discursos justificatorios de la discriminación.

4. “Ser de su palo” es una expresión de uso frecuente en Argentina que significa que algún tipo de tarea o vínculo social guarda una correspondencia casi natural con la personalidad del individuo del que se está hablando. “No ser de su palo” indica lo contrario; es decir, no se ajusta a su personalidad, carácter o capacidad.  

 

Bibliografía

Anderson, Benedict 2005 (1983) Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo (México: Fondo de Cultura Económica)
Araya Umaña, Sandra 2002 Las representaciones sociales: Ejes teóricos para su discusión (San José: FLACSO)
Bartolomé, Miguel A. 2006 Procesos interculturales. Antropología política del pluralismo cultural en América Latina (México: Siglo XXI Editores)
Chatterjee, Partha 2008 La nación en tiempo heterogéneo y otros estudios subalternos (Buenos Aires: Siglo XXI Editores – CLACSO)
Cecchelli – Pugeault, Catherine y Cecchelli, Vincenzo 1999 Las teorías sociológicas de la familia (Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión)
Herrera Carassou, Roberto 2006 La perspectiva teórica en el estudio de las migraciones (México: Siglo XXI)
Jelin, Elizabeth 2005 “Las familias latinoamericanas en el marco de las transformaciones globales: Hacia una nueva agenda de políticas públicas” (Santiago: CEPAL), disponible en:
http://www.eclac.org/dds/noticias/paginas/2/21682/Elizabeth_Jelin.pdf [Fecha de acceso: 1 de julio de 2008]
Lévi-Strauss, Claude 1991 (1949) Las estructuras elementales del parentesco (Barcelona: Paidós)
Morgan, Lewis H., “Sociedad antigua”, en Paul Bohannan y Mark Glazer 1993 Antropología Lecturas (Madrid, Mc Graw Hill)
Salles, Vania 1991 “Cuando hablamos de familia, ¿de qué familia estamos hablando” (México: Nueva Antropología) Vol. XI, Nº39
Shumway, Nicolás 1995 La invención de la Argentina. Historia de una idea (Buenos Aires: Emecé)
Wolf, Erik 2006 (1982) Europa y la gente sin historia (México: Fondo de Cultura Económica)

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