Los ritos de la muerte. La novena pahá en el Paraguay

19mar09
Fotografía: Raquel Zalazar

Fotografía: Raquel Zalazar

Por Raquel Zalazar (museobarbero@museobarbero.org.py)

Introducción

Este pequeño ensayo tratará el tema de la muerte, con el novenario, o nueve días de rezo por el alma del difunto, rito de la religión católica popular, y el último día de este, llamado en Paraguay novena pahá (1). Para tal caso la que escribe estuvo presente en dos novenarios, uno hace un año, cuando el fallecimiento de un señor y actualmente en la novena del primer aniversario. En ambas ocasiones se realizaron observaciones sobre las formas de este rito de pasaje y se han realizado también varias entrevistas a los parientes del difunto en cuestión, y a otras personas, que sumadas a la bibliografía paraguaya sobre el tema, permitió ampliarlo.

Ritos de pasaje: la muerte

Para entender lo que es un rito y cuales son sus definiciones advertimos primeramente que el ritual posee varias definiciones, para Víctor Turner, por ejemplo, es (1995: 24) aquella “conducta formal prescripta para ocasiones no asumidas por la rutina tecnológica, relacionada con seres o poderes místicos”. El símbolo, por su parte es la unidad mínima del ritual.

El ritual posee conductas repetitivas, estereotipadas, formales, se actúa así y no de otra manera y no está sujeto a variación alguna. Todo ritual produce símbolos y constituye una noción eminentemente religiosa. Es doblemente paradójico pues es innovador y creativo pero a la vez conservador. Liga el pasado, el presente y el futuro, creando un sentido de continuidad y liga al individuo con la sociedad. Posee carácter dramático pues define roles, provocando respuesta emocional y está cargado de símbolos. (WILDE, clases)

Existen dos clases de símbolos: los de referencia, conversación verbal, escritura, banderas nacionales, que sirven de referencia a hechos conocidos y los de condensación como segundo nivel de conductas que sustituyen la expresión directa, permitiendo la liberación de tensión emocional en forma consciente o inconsciente. (TURNER, 1995: 36)

En el presente trabajo se tratarán los rituales que permiten a un individuo pasar de una situación a otra. Pero estableceremos primeramente cuales son estos ritos.

Para Van Gennep (2008: 15-16) “la vida individual consiste en una sucesión de etapas… nacimiento, pubertad social, matrimonio, paternidad, progresión de clase, especialización ocupacional, muerte”, cada una se vincula con ceremonias por las cuales el individuo pasa de un estado a otro, denominadas ritos de paso.

Los ritos de paso se dividen a su vez en ritos de separación, ritos de margen y ritos de agregación. Las tres formas están presentes en las distintas sociedades. Entre los ritos de separación tenemos a los funerales, entre los de agregación tenemos al matrimonio y entre los de margen tenemos al embarazo, al noviazgo,  a la iniciación, al segundo parto, al nuevo casamiento, etc. A partir de esto, los ritos pueden ser clasificados en: preliminares (separación), liminares (margen) y postliminares (agregación) (VAN GENNEP, 2008: 25).

En este caso, la investigación gira en torno a la muerte y dentro de ella, si bien los ritos preliminares o de separación son lo que más le corresponden se pueden observar también ritos de margen y de agregación.

El luto, por ejemplo, sería según la visión de Van Gennep (2008: 205) un estado de margen o liminar para los que sobreviven al muerto, en el que entran por ritos de separación y salen por ritos de reintegración, en este caso la supresión del luto. Otro ejemplo de un estado liminar es el velorio, cuando al muerto se le dan los últimos responsos para que vaya al lugar que ahora le corresponde, al mundo de los muertos, y el entierro.

Como rito de agregación o postliminar, estaría justamente la novena con su último día o novena pahá, cuando el muerto debe agregarse por completo al mundo de los muertos, no obstante están las conmemoraciones: a los seis meses, al año, que también forman parte de estos ritos.

El velorio

Cuando un adulto muere, se procede a limpiarlo y bañarlo, en una comunidad existe siempre alguna persona que se encarga de bañar a los muertos, a quien se llama para tal efecto. Según algunos relatos al muerto se lo baña con sal (CARVALHO, 1961: 318), luego se le cortan las uñas, se le afeita si es varón, se le peina y se le cierran los ojos (MARTÍNEZ, 1981: 60); se lo viste generalmente con su mejor ropa, si es varón con traje y si es mujer con algún vestido, sino se le coloca una mortaja, y se lo ubica en un cajón o ataúd de color negro, si es mujer soltera, en uno blanco y si es casada, negro, si es una soltera mayor, también se la pone en uno negro (GONZÁLEZ, 1980: 314). Si es pobre y sobre todo del campo, se lo coloca sobre una mesa donde se le atan los pies, las manos y el mentón antes de que el cuerpo tome rigidez. (CARVALHO, 1961: 318).

Un hecho significativo y bastante simbólico es la colocación de una palangana o un vaso de agua debajo de la mesa o del ataúd del muerto, por la creencia de que el muerto tiene sed y esta sirve para apagarla o para mantener la frescura del cadáver (Cfr. CARDOZO, 1991: 72; GONZÁLEZ, 1980: 314. 318; MARTÍNEZ, 1981: 61).

Se vela al muerto durante todo un día e inclusive a veces se espera que lleguen los hijos que viven lejos, se lo vela en la sala o  lugar principal de la casa y se colocan flores blancas, velas de cera tataindyaraity porque duran más (CARDOZO, 1991: 72) y se reza el rosario, el cual es dirigido por un guía o ñembo’e yva, que suele, sobre todo en el campo, venir de lejos (GONZÁLEZ, 1980: 315), también se elevan plegarias por el alma del muerto.

La figura del ñembo’e yva es muy importante, sobre todo para los sectores populares, pues según la creencia este no debe ser pariente y debe ser la misma persona la que dirija los nueve días que dure el novenario (Cfr. GONZÁLEZ, 1980: 316). En muchos casos los ñembo’e yva no aceptan que otras personas dirijan los rezos, siendo este un requisito para que acepten el trabajo.

El entierro se realiza generalmente luego de las 24 horas del fallecimiento, y actualmente en el Gran Asunción, se entierra en panteones o columbarios, son raros los entierros en fosas, aunque en lugares populares y aun de más elevada condición se sigue realizando esta práctica, como los llamados cementerios jardines.

El luto

El luto es un rito liminar muy importante que aún se encuentra muy inmerso en la cultura popular paraguaya, aunque las nuevas generaciones ya no le prestan especial atención. Cuenta de esto nos lo dan nuestras entrevistadas, todas mayores de 60 años, quienes en su momento, sí llevaron el luto riguroso por su parientes, no así sus hijas o sobrinas que ya no lo usaron.

En la cultura popular, si el difunto es mayor de 14 años, ya puede llevarse luto por él (MARTÍNEZ, 1981: 63), no así por los niños, que se creen son almas salvadas y se convierten en angelitos.

Cuando un pariente fallece toda la familia usa el luto. Existen dos tipos de lutos: el luto cerrado o riguroso y el medio luto. El primero consiste en que toda la ropa debe ser de color negro, las mujeres son las que lucen el luto y antiguamente esto consistía en que debían usar ropa, mantilla, medias, zapatos y guantes de color negro (Cfr. GONZÁLEZ, 1980: 316; MARTÍNEZ, 1981: 63; CARVALHO, 1961:319; CARDOZO, 1991: 73). Los hombres por su parte para lucir el luto solo utilizan un pañuelo negro en el bolsillo izquierdo o una cinta del mismo color en el brazo de la camisa, también del mismo lado (Cfr. GONZÁLEZ, 1980: 317; MARTÍNEZ, 1981: 63; CARVALHO, 1961:319). El segundo se usa pasado cierto tiempo y consiste en llevar por ejemplo una pollera negra con una blusa blanca. Durante el tiempo que dure el luto no se permiten utilizar ropas de otros colores, sobre todo de la gama de los rojos y verdes.

Durante este periodo no puede escucharse música, ni asistir a fiestas, casamientos, bautismos, cumpleaños, etc., ni bailar (MARTÍNEZ, 1981:64).

Otro punto interesante es que anteriormente los objetos de oro, como los aros, debían cubrirse con un hilo o cinta negra (CARDOZO, 1991: 73), esto fue corroborado con las entrevistas realizadas.

El luto generalmente se lleva por un periodo determinado de tiempo y depende de la cercanía de parentesco con el difunto para que dure más o menos, coincidiendo con Van Gennep (2008:206). Así tenemos que si el que muere es el esposo, el padre o el hijo, el luto debe utilizarse de uno (luto cerrado) a dos años, si es un hermano, un año y seis meses, si es un tío o abuelo, nueve meses y seis meses si es un cuñado, primo o suegro (MARTÍNEZ, 1981: 64). Sin embargo, por la madre se lleva el luto, en algunos casos, hasta los dos años y medio. Existen variaciones con este respecto, generalmente las razones son diferentes, una de nuestras entrevistadas afirmaba que el luto por la madre se llevaba dos años, nueve meses, dos años por “crecer y quebranto” y nueve meses por cargar el embarazo; por el padre se llevaba un año seis meses, porque “el papá es un horcón principal y una sombra”, explicado en que el padre provee la manutención y todos en la casa están bajo su sombra, bajo su protección. Hay también viudas que lucen el luto eterno, esto es, desde la muerte del esposo hasta su propia muerte (CARDOZO, 1991: 73).

Otro caso es el de la muerte de los padrinos, pues los ahijados están obligados a asistir a todos los actos fúnebres: velorio, entierro y novenario, y adherirse al duelo familiar, luciendo también el luto (PEDROZO, 2003: 201); siempre teniendo en cuenta que estas prácticas se realizan o realizaban generalmente en lugares rurales, hoy en día en la ciudad se encuentran en desuso.

Para romper el luto, las mujeres utilizan un vestido chillón, generalmente de color rojo, azul o verde fuerte (MARTÍNEZ, 1981:64), para contrastar con el negro del luto.

El novenario y la novena pahá

La novena, novenario o nueve días de rezo se inicia al día siguiente del entierro, esta también se realiza cuando se está por cumplir seis meses o un año del fallecimiento. Consiste en la realización de un rezo diario en nombre del difunto, generalmente un rosario, seguido de algunas letanías y plegarias por el alma del mismo, se reza generalmente a la tardecita (Cfr. MARTÍNEZ, 1981: 62; PEDROZO, 2003: 62; GONZÁLEZ, 1980: 316).

Para tal efecto, el lugar de la casa que ya estaba preparado para el velorio se utiliza los nueve días, para las otras ocasiones generalmente se vacía la sala o pieza principal, se limpia y se monta un pequeño altar con la imagen de la virgen o algún santo; si se tiene se coloca un crucifijo y la foto del difunto.

Dirige toda la novena el ñembo’e yva, el cual como se dijo no debe ser un pariente, y es generalmente, sobre todo en el campo, alguien que sepa rezar el rosario y las plegarias antes mencionadas, un líder religioso dice Pedrozo (2003:62), que suele ser llamado para tales ocasiones y viene a veces de muy lejos. Hay que tener en cuenta que muchos ñembo’e yva se dedican a esto, así como las famosas lloronas, y cobran por sus servicios, en efectivo o en comida.

Es digno de destacar que estos guías se encargan durante la oración, de lanzar plegarias en nombre del difunto y en medio del rezo del rosario, agregar frases al ave maría y aun al final de alguna de las oraciones. Así tenemos por ejemplo que se agrega en la segunda parte del ave maría lo siguiente: “rogad por el alma de nuestro querido NN y por nosotros pecadores” (MARTINEZ, 1981: 62), esto fue comprobado en la observación realizada. También al final se ruega por el difunto, el guía dice: “Descanse en paz”  y todos contestan “y brille para él la luz perpetua”. Los rezos, según la creencia popular no deben ser muy extensos, pues el muerto asiste a todos y ora con el resto de la gente arrodillado en un rincón de la casa y para que no se canse, es que deben ser cortos; lo mismo ocurre con las velas, estas deben ser cortas pues mientras permanecen encendidas el difunto está de rodillas.

Al final de cada día del novenario se reparte a la gente presente, cigarros  -si el difunto fumaba- a los adultos, galletitas, chipa y caramelos, principalmente a los niños.

Ahora bien, lo que importa a esta investigación es el último día de la novena, llamado popularmente novena pahá, el cual está lleno de pequeños rituales que se van desarrollando a lo largo del día e inclusive antes.

Desde unos días antes las mujeres se dedican a preparar los alimentos que se servirán ese último día: empanadas, caldos, sopa paraguaya, chipas, galletitas, etc. En el campo se acostumbraba preparar una olla enorme de so’o apu’a (sopa de albóndigas) con arroz, arroz con leche, mbaipy he’e (polenta dulce) cortada en cubos y abundante mandioca en una canasta grande servida ambas sobre hoja de banana. Pero es ese día que se cocina todo, pues desde muy temprano se enciende el fuego en el tatakua (2) y toda la familia se congrega para trabajar. Al medio día se come un caru guazú (comida grande), que toda la familia venida para la novena comparte.

Siguiendo este concepto de la comida grande, en el campo, la gente más pudiente, poseedora de reses, sacrifica un vaquilla o un novillo y se reparte la carne entre todos los vecinos, sobre todo pobres y ancianos, y se deja un poco de carne para el carú guazú en la casa (Cfr. MARTÍNEZ, 1981:63; GONZÁLEZ, 1980: 316; CARVALHO, 1961: 320). Según González (1980: 316), a esto se lo denomina finado gasto y consiste en la invitación o presente del muerto para todos aquellos que asistieron y cumplieron con él en el velorio, entierro y novena. Los parientes del difunto salen, en carreta, a repartir esta carne, le ayudan generalmente familiares más cercanos y hasta vecinos, cuando llegan a una casa la entregan en nombre del muerto. En las entrevistas, a esta acción se la llamó Tupa mba’e, la cosa de Dios.

Ese día se coloca el altar, que consiste en un armaje de madera con gradas o escalones, estos pueden variar de 5 a 9 escalones; la mayoría de los autores coincide en que, si el difunto es casado debe tener 7 gradas, en honor de los 7 sacramentos de la iglesia (MARTÍNEZ, 1981: 63; PEDROZO, 2003: 62; CARVALHO, 1961: 319), pero si es soltero dicen que debe tener 5 (CARVALHO, 1961: 319) o 6 gradas (MARTÍNEZ, 1981: 63), también en las entrevistas se constató dichas variaciones, incluyendo que las gradas deben ser siempre impares y no pares.

El altar está cubierto por un paño blanco, hoy en día se utiliza una tela de fibra de coco sintética para cubrirlo, también posee una especie de toldo, a modo de techo cubierto de la misma tela. En la cima de las gradas, preside el altar el llamado calvario, representado por una cruz de madera en el centro y las imágenes de San Juan Bautista y la Virgen de los Dolores a los lados (PEDROZO, 2003: 62; MARTÍNEZ, 1981: 63), estas son de factura antigua en madera y vestidas, el San Juan con una túnica blanca y la Virgen con una negra.

De la cruz baja una cinta negra que recorre las gradas hasta el final, esta cinta, en el campo, puede ser de la tela negra que sobró del cajón, y a los costados de cada una, se colocan un par de velas, con candelabro de bronce o de barro, atadas en el medio con una cinta negra, se ubican además jarrones con flores artificiales, naturales o ambas a la vez, como el caso observado. Estas flores deben ser blancas. Antes, en el campo solía usarse margaritas con hojas de culantrillo o amambay, especies de helecho, y si es época, se ponen azucenas que son de color lila y blanco.

El altar generalmente es proveído por personas que se dedican a montar, prestar, o a veces, a alquilarlo. Una de las informantes cuenta que para la novena pahá de su esposo, tuvo que alquilar el altar. Varía de precio, según lo que se precise o pueda pagar, si se quiere completo con todos los detalles, puede llegar a costar  Gs. 100.000 (Guaraníes cien mil) o más si se quiere con flores naturales. En el caso observado se prestó el altar de una hermana de una de las nueras del difunto, dedicada a esto. Muchas veces estas personas están cumpliendo alguna promesa religiosa, de ahí que se dediquen a tenerlos.

Ese día se rezan de 3 a 9 rosarios frente al altar que deben terminar antes del ocaso, en el campo o antes de la medianoche, en la ciudad. Una vez terminado el último rezo, se procede a desmantelar el altar rápidamente, no lo deben realizar los parientes, puede ser algún vecino o amigo, y no debe pasar la medianoche porque sería un mal presagio para la familia. (PEDROZO, 2003: 62; MARTÍNEZ, 1981: 63).

Con este respecto, se han comprobado algunas variaciones. Por ejemplo, en Lambaré (3), en un barrio populoso, según nuestra informante, el altar se desmanteló a toda prisa antes de que el ñembo’e yva termine de cantar el último canto y todo lo utilizado, manteles y cintas, exceptuando las imágenes y el armazón, se quemaron inmediatamente. Otra variación, según la misma informante, se dio en una ocasión que asistió a una novena pahá en Curuguaty, una ciudad en el interior del país, donde los parientes se encargaron de quitar el altar, también con mucha rapidez y lo guardaron en un gran baúl, porque constituía una reliquia familiar. En nuestro caso, también los parientes se encargaron de desmantelar y guardar el altar.

Una vez terminado todo, la gente: parientes y vecinos, se retira a su casa y todo vuelve a la normalidad.

Conclusiones

Los ritos liminares y de agregación se producen evidentemente en todas las sociedades, variando solo pequeños matices en cada una.

En el caso estudiado tenemos que la novena y la novena pahá constituyen ritos postliminares, no sin tener algunos toques liminares o de margen; pues mientras está durando la novena, el fallecido se encuentra aun en la casa, no está del todo en el mundo de los vivos pero tampoco en el de los muertos, su aceptación en su lugar postmortem, o sea, su agregación, solo se logrará si los ritos y rezos son llevados a cabo con total precisión. Caso contrario, según la creencia, el muerto no podrá ser aceptado entre los muertos y vivirá en pena rondando siempre la casa y los lugares que frecuentaba. De ahí que la religiosidad popular siempre sea la vigilante y continuadora de estos rituales.

Notas

1. Pahá en guaraní significa último, en este caso novena pahá se traduciría en última novena o último día de la novena.
2. Horno de barro muy utilizado en el campo y en las zonas populares de la ciudad
3. Ciudad cercana a Asunción

Fuentes orales

Entrevistas a:
ROMILDA VELÁZQUEZ, mujer de clase media venida del campo, del Departamento de Guairá, centro de la región oriental (66 años).
ISABEL DE ORTIZ, ama de casa, vive en la ciudad de Villa Elisa, en el Gran Asunción, siempre vivió en la ciudad (70 años).
VENANCIA VERÓN, hermana de la anterior, vivió toda su vida en Asunción (68 años).
MARIO ZALAZAR, hombre adulto, venido del campo del Departamento de San Pedro, al norte de Asunción (66 años).
CRISTINA CRISTALDO,  ama de casa vive en Lambaré, en el Gran Asunción (60 años).

Bibliografía

CARDOZO OCAMPO, Mauricio. Mundo folklórico paraguayo. Tercera parte: Realidades y leyendas en el folklore paraguayo. Asunción. Cuadernos Republicanos.1991. 280p.

CARVALHO NETO, Paulo de. Folklore del Paraguay. (Sistemática analítica) Quito. Editorial Universitaria.1961. p

GENNEP, Arnold Van. Los ritos de paso. Madrid. Alianza.2008. 280p.

GONZÁLEZ TORRES, Dionisio. Folklore del Paraguay. Asunción.1980. p

MARTÍNEZ, Zacarías. Normas de comportamiento popular en la religiosidad paraguaya. En: La religiosidad popular paraguaya. Aproximación a los valores del pueblo. Asunción. Ediciones Loyola. 1981. pp 51 – 72

PEDROZO, Mariano. La religiosidad popular paraguaya y la identidad nacional. Asunción. 2003. 243 p.

TURNER, Víctor. Los símbolos en el ritual Ndembu. pp 23 – 58. En: Rueda, Marco y Segundo E. Moreno Yañez. Cosmos, Hombre y Sacralidad. Lecturas dirigidas de Antropología Religiosa. Quito. Departamento de Antropología. PUCE. Ediciones Abya-Yala. 1995. 521 p.

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